La jerarquía no cuenta en los Juegos Olímpicos cuando se trata de
deportes como el fútbol. No valen los favoritismos ni siquiera con
Brasil. El historial está lleno de resultados sorprendentes y sobre
todo de derrotas que sonrojan, marcadores que dejan huella, partidos
que recuerdan espantosos ridículos más que épicas victorias. A la
lista de célebres protagonistas hay que añadir a España, señalada
como una de candidatas al título en Londres, dispuesta a coronarse
en Wembley, y ahora obligada a ganarse la continuidad contra
Honduras y Marruecos después de perder con Japón. Ya se sabe que la
crueldad de la derrota para el perdedor viene marcada por el calibre
del ganador.
El chasco fue monumental para España. Jugó rematadamente mal en
un escenario solemne como el Hampden Park contra un rival menor como
Japón. Los japoneses le perdonaron incluso la goleada, circunstancia
que agravó todavía más el decepcionante debut de la Roja, un equipo
ahora mismo indescifrable: imposible medir sus aspiraciones,
impotente, angustiado y caricaturizado como quedó patente en Glagow.
Nada funcionó en el grupo de Milla: ni la alineación ni los cambios.
No se recuerda en mucho tiempo un partido peor de una selección
española. Tampoco había habido antes tantas expectativas, y se
desconoce si eran desmesuradas.
Ya se sabe que el español es un país extremista por naturaleza, y
ahora las victorias se dan por descontadas, a todos los equipos y de
carrerilla, sin atender a las circunstancias. Acostumbrada a levitar
y a los delirios de grandeza, a España ahora le tocará batirse en el
fango, de manera que no se sabe muy bien cual puede ser su
respuesta, por la novedad y por la dificultad de medir los
inesperados episodios ante Japón. No parece ser solo un problema de
un partido sino que la selección española evidenció también
problemas de organización, de onda, puesta a punto y de forma, de
juego, sintonía y personalidad. La sintomatología no tiene muy buena
pinta.
Ante Japón, por lo menos, fue incapaz de corregirse en un partido
que se le fue complicando de forma irremediable, incluso fatalista.
No se sabe muy buen dónde está el principio y el final de un equipo
español desnortado y confundido. La referencia, en cualquier caso,
ya no es el campeón europeo sub-21. Las lesiones de jugadores como
Thiago y Muniain le han lastrado tanto como el momento en que se
celebra el torneo. Los Juegos no son la Eurocopa. Futbolistas
individualmente reconocidos, referentes de sus clubes en la Liga,
tres incluso presentes en el título europeo alcanzado con la
absoluta, se convirtieron en jugadores anónimos.
Muy pendiente de acompañar a los centrales, Javi Martínez quedó
alejado del juego, sin influir en el partido, ni cuando acabó de
delantero centro, síntoma de lo mal que fueron las cosas. Tampoco
profundizó por el lateral izquierdo Jordi Alba. Y, señalado como
armador del juego, Mata se quedó sin socios para suerte de Japón.
Muy organizados y nada exigidos, jugaron tan cómodos los japoneses
que se fueron estirando, ganando campo y balón, y por extensión
tomaron el mando del partido y del marcador. Los españoles nunca le
cogieron el hilo al partido para decepción del público escocés del
Hampden Park. No apareció la Roja ni la Rojita, ni siquiera una
buena selección, sino una empalagoso equipo vestido de azul celeste,
desconocido, muy desnaturalizado.
El equipo fue empeorando con el tiempo. Al comienzo le costó
elaborar, más tarde se vio que no llegaba a la portería contraria y
finalmente se advirtió que tenía serios problemas en su propia área.
Las pérdidas de balón se sucedían y cada cesión defensiva se
convirtió en una oportunidad para Japón, aliviada por la salida por
banda izquierda que le dio Nagai. Nerviosa, no cerraba bien la zaga,
hipotecada por la alineación de dos centrales zurdos, poco estable
por el flanco derecho. Un saque de esquina y un error en un control
de Iñigo Martínez que supuso su expulsión bastaron para que España
se condenara y quedara retratada: si era imposible ganar con 11,
sería una quimera remontar con 10.
Las deficiencias se fueron agravando en la misma media que Japón
contaba ocasiones ante De Gea. Falto de un referente, el equipo
español no supo mezclar el juego
y se entregó a un ejercicio insípido y estéril. No tuvo ritmo ni
fluidez, nunca le dio velocidad al balón sino que jugó al pie, sin
desborde, profundidad, ni agresividad, contemplativa ante un rival
aplicado e intenso. Tiritaban los zagueros, se perdían los medios,
no había delantero que tirara un desmarque o una rotura y se
cuestionaron cuantas decisiones se tomaron desde el banquillo. No
fue el día de Koke, Isco, Rodrigo, Adrían, ni de los suplentes, ni
de Milla.
Hasta los buenos se tornaron malos, víctimas de una jornada
aciaga, protagonistas de una derrota soberana y dolorosísima, porque
España ya no solo aspira a ganar cada torneo que disputa sino que le
están prohibido ridículos como el de Glasgow. Japón le pintó la cara
a España y el gatillazo dejó enmudecido al festivo Hampden Park.