Decía Eurípides, uno de los poetas dramáticos por excelencia de
la Grecia clásica, que la vida es
una lucha constante y aunque seguramente lo afirmaba de una
manera general y metafórica, la verdad es que realmente acertó hasta
límites que en su época no podría haber sospechado.
Unos dos mil años más tarde llegaría
Charles Darwin y con sus teorías evolutivas nos daría una
nueva visión, mucho más amplia, de lo que esa lucha puede significar
y hasta dónde puede llegar. Una lucha por la supervivencia que no
sólo se aplica al mundo de los seres vivos que podemos ver sino
también a los microscópicos.
Toda la medicina es, en cierto modo, una lucha contra los
diminutos agentes agresores que nos amenazan. Una batalla que a
principios del siglo XX comenzamos a ganar gracias a la llegada de
la penicilina descubierta por
Alexander Fleming o al menos, eso creíamos.
Aquellas cepas de Penicillium
chrysogenum prometían protegernos de las bacterias
causantes de tantas enfermedades e infecciones. Sin duda, los
antibióticos supusieron un paso de gigante en la historia reciente
de la medicina.
Pero la evolución funciona en ambos sentidos y las bacterias
también participan en este juego. Poco a poco, los antibióticos
están perdiendo fuerza y algunos de los microrganismos que antes
perecían, ahora se han adaptado y se han vuelto resistentes a casi
todo.
Desde que en 1947 se descubriera en
Inglaterra el primer patógeno resistente a la penicilina,
el estafilococo dorado, han ido surgiendo más y más bacterias
capaces de sobrevivir a un gran espectro de antibióticos.
El ejemplo más extendido de estas bacterias resistentes es la
célebre Escherichia coli, a la que muchos recordaréis
porque una virulenta cepa fue la causante del reciente
brote epidémico en Alemania el año pasado.
Ahora, científicos suecos de la
Universidad de Uppsala han descubierto en las frías aguas de la
Antártida unas nuevas bacterias capaces de resistir a casi cualquier
antibiótico.
El equipo dirigido por Björn Olsen descubrió que en las muestras
tomadas en el agua del océano antártico cercanas a las estaciones
antárticas de investigación existía una
nueva cepa de la bacteria Escherichia coli genéticamente
capaz de
producir la enzima ESBL y destruir potentes antibióticos como la
penicilina o la cefalosporina entre muchos otros.
Como bien reconoce el equipo de Olsen en su estudio, una
superbacteria así podría ser muy peligrosa, por lo que se han
empezado las comprobaciones de infección en los animales de la zona.
Hasta el momento los pingüinos
estudiados están libres de ESBL y en estos días se están
analizando si las gaviotas pueden haber tenido contacto con esta
cepa de E.coli.
Que la bacteria se haya
encontrado en las aguas cercanas a las
estaciones de investigación
situadas en la Antártida podría ser un indicio de que la
actividad humana ha tenido algo que ver en su aparición. Como afirma
Björn Olsen en New Scientist, que bacterias como ésta hayan podido
alcanzar incluso la Antártida nos da una idea de lo lejos que puede
llegar este problema.