CONSEJOS Y TIPS PARA SER UN CORRECTO TURISTA
El mundo es complejo. Diferente. Ni mejor ni peor, solo
diferente. Lo que en un lugar es de uso común en otro es una rareza.
Lo que en casa no llama la atención ni molesta en otros lugares
choca, irrita o decididamente insulta.
No hace falta hacer un Master ni
hablar siete idiomas para ser un turista responsable. Basta
con no juzgar con nuestros parámetros, abrir la mente, ser tolerante
y hasta, por qué no, ir dispuesto a aprender. Y como decían nuestras
abuelas “allá donde fueres, haz lo que vieres”.
1. Vestir con arreglo al destino y no al termómetro
Antes de hacer la maleta no está de más plantearse adónde vamos. No
qué temperatura hará sino cómo visten ellos. Los minishorts que
tanto nos gustan en Europa no son bienvenidos en ciertos países
(tampoco las bermudas de ellos, dicho sea de paso) y
causan cierto sonrojo en
comunidades rurales. Tampoco son el dress code adecuado si
se va a visitar edificios religiosos, tanto da si son
mezquitas o catedrales católicas.
Pantalones largos y manga larga aunque de fino algodón ahorran
disgustos, malos tragos y ayudan a acercarse a la comunidad local.
Hablar a un lugareño sin quitarse las gafas de sol puede
interpretarse como una grosería. Otras veces, en cambio, nos evitará
confrontaciones innecesarias por mirar a los ojos a quien no
debíamos. Un mero vistazo a nuestro alrededor nos dirá si es mejor
dejarlas o quitárnoslas.
2. No tocar
Los mediterráneos somos muy dados a besar, abrazar, dar palmaditas
en la espalda… Nos gusta el contacto físico. Hay culturas en las que
el roce no hace el cariño sino que
molesta. Los mismo que hablar a corta distancia, en tono
elevado o gesticulando en exceso. Nuestro colegueo puede parecer una
falta de respeto para los
japoneses. En algunas comunidades de Vietnam es una falta de respeto
acariciar la cabeza de los niños, gesto que, sin embargo, es
habitual en nuestra cultura acompañado de un simpático “¿qué pasa,
chaval?”. Ante la duda mejor no tocar.
3. Ser paciente
Nos tiramos once meses a golpe de estrés y luego nos cuesta
desconectar. Pero eso no es excusa para
perder los estribos en un pequeño
restaurante en un lugar remoto porque no van a la velocidad
de McDonalds. Si pedimos pollo en un lugar donde no hay electricidad
alguien tendrá que coger una bicicleta, ir a la granja más cercana a
por un animal, matarlo, desplumarlo y echarlo a la cazuela. Y eso
lleva tiempo. En estos casos, si hay otros comensales tomando un
simple plato de legumbres, mejor
pedir ese plato que probablemente ya esté preparado.
Ahorraremos tiempo y malas caras. Lo mismo en el transporte público.
Hay lugares donde los autobuses salen cuando se llenan.
Y se llenan hasta arriba, con
humanos, equipajes, productos de la huerta y algún que otro
pequeño animal. Por mucho jaleo que montemos no va a salir antes ni
va a parecer un vagón de preferente del Ave.
4. No menospreciar
Que la gastronomía patria nos guste es lógico porque vivimos aquí.
Que la consideremos excelente, también, porque lo es. Pero el
paladar se hace y el gusto tiene
mucho de cultural. Eso no implica despreciar otras culturas
culinarias. Y mucho menos hacérselo saber a nuestro anfitrión. Si
algo no gusta mejor no tomarlo con la excusa de que se está mal del
estómago antes que señalar con gesto de asco. Sobran comentarios del
tipo “estos no tienen ni idea de lo
que es un buen chuletón”. Posiblemente a esa persona
tampoco entendería a primera vista nuestros calamares en su tinta,
los percebes o los callos a la
madrileña. Pero esa misma razón no todo el mundo comparte
la pasión de los franceses por los scargots, o sea, la cazuela de
caracoles. O la de los alemanes por el vino caliente. Cuestión de
culturas.
5. Tratar a los niños como niños
Por alguna extraña razón hay occidentales se creen Papá Noel en
cuanto ponen el pie en países donde los niños juegan en la calle y
no encerrados en su habitación
delante de una consola. Y lo mejor que se les ocurre es
regalarles todo tipo de objetos, desde bolígrafos a gorras. O darles
dinero. Esto convierte el arte de mendigar en un juego de niños y
abre las puertas a un posible círculo vicioso en el que los
adultos se aprovechan y acaban
obligándolos a mendigar. El caso más deleznable se produce
cuando los turistas rumbosos le ven la gracia a tirarles monedas o
caramelos desde el autobús o desde la ventanilla de un tren como
sucede en el Lagarto Rojo que atraviesa las gargantas del Selja en
Túnez. Son niños, no chimpancés en un zoológico. Si creemos que
necesitan ayuda mejor ponerse en
contacto con alguna ONG sobre el terreno y hacer un donativo.
6. No convertir en souvenir lo que no lo es
Si el turista ideal es el que deja un buen recuerdo pero ninguna
huella física existe otros que practica justo todo lo contrario:
el afán por llevarse aquello que no
está permitido. O sea, erosionando o expoliando. Las
piedras de un parque nacional no son souvenirs para llevarse a casa
cual guijarro del Muro de Berlín empaquetado. Ni se debe arrancar
coral en los arrecifes ni mucho menos echarse al bolso alguna
estatuilla en un yacimiento arqueológico. Primero porque es
antiético pero es que además en los aeropuertos hay escáners y
registros manuales y lo que empezó como una gracia puede terminar en
un disgusto aduanero serio. Y lo que es peor, el daño al entorno ya
estará hecho. Para souvenirs típicos ya están los mercados locales.
7. Comportarse
Y seguir las normas del lugar. Tan sencillo como eso. Aunque las
acciones descerebradas quedan muy graciosas en las comedias
americanas en la vida real es de
ser un turista irresponsable. Y esto implica no hacer la
croqueta sobre una duna protegida, no salirse del sendero habilitado
para caminar en un parque natural para no machacar el resto del
terreno y, por supuesto, no encaramarse a las ruinas
para hacerse una foto divertida.
8. Respetar las costumbres locales
A este lado de los Pirineos hay quienes corren delante de los toros,
queman Fallas y se lían a tomatazo limpio en las calles de Buñol una
vez al año. No debería extrañarnos que los
aborígenes Anangu sigan realizando sus ritos ancestrales en el Uluru
y que rueguen a los turistas que se abstengan de subir a ese monolit o
que para ellos es sagrado. O que en Isla de Pascua no permitan pisar
las piedras de los Ahu (los altares bajo los Moai, palabra que, por
cierto, se escribe siempre así, sin plural) aunque nos puedan
parecer una mera aglomeración de
rocas de mediano tamaño.
9. No fotografiar sin pedir permiso
Es el caso del turista que se cree enviado especial de National
Geographic y le mete el objetivo en
la cara al primer nativo que ve. Si uno no lo haría en Las
Ramblas, ¿por qué se abre la veda en cuanto uno cruza unos cuantos
husos horarios? Todos los seres humanos tienen dignidad y sus
derechos de imagen, aunque estén en una aldea remota. Antes de
fotografiar no está de más pedir permiso, sonreír y, si la respuesta
es no, guardar la cámara y
despedirse con gesto amable.
10. Aprender algunas palabras
“Buenos días”, “por favor” y “gracias”. A todo el mundo le gusta
escucharlas en su idioma y aprecia
el esfuerzo del visitante por chapurrear su lengua aunque
ya no se sepa decir nada más. En ningún caso empecinarse en hablar
castellano porque “es una lengua que hablan 500 millones de personas
en el mundo”. Nuestro idioma es uno
más entre miles lenguas y dialectos, muy hablado, sí, pero
de nada nos servirá si nuestro interlocutor no es hispanohablante.
La prepotencia es el peor pecado del turista aficionado a dar el
cante. Fuente
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