En algunos casos, como en el del ibuprofeno, hemos pasado de un
consumo mínimo (0’33 dosis por cada 10.000 habitantes y día (o
DHD)en 1990) a una auténtica explosión consumista de este principio
activo (15,33 DHD en 2003).
Este aumento ha permitido, entre otras cosas, empezar a
encontrarnos, de forma más o menos regular, con los efectos
secundarios propios del consumo crónico de AINEs.
Los AINEs afectan a la función renal
Los AINEs aumentan el riesgo de padecer una insuficiencia renal
hasta en 4 veces, cuando son consumidos de forma mantenida durante,
al menos, un mes. Diversos factores hacen más fácil la aparición de
una insuficiencia renal; a saber:
- Que el paciente padezca de insuficiencia renal crónica
(se agrava la función renal de forma importante en esta situación).
- Que esté diagnosticado de una insuficiencia cardíaca.
- Que padezca cirrosis hepática.
- Que la persona presente una caída de la cantidad de
líquido circulante (hipovolemia). De ahí que deberíamos evitar los
AINEs, en especial, en los meses veraniegos.
- Que además la persona sea hipertensa, y especialmente,
si está tomando medicamentos del grupo de los IECAs (todos los
acabados en –pril), ARA-II (los terminados en –sartan) o
determinados diuréticos.
¿Hay alguno más seguro que los demás a la hora
de prevenir la insuficiencia renal?
Parece ser que no; que todos, en más o menos igual medida,
predisponen a los individuos especialmente susceptibles, a caer en
insuficiencia renal aguda.
Retención de líquidos (edemas)
De por sí, ya suele ser molesta la retención de líquidos en forma
de edemas. Éstos suelen depositarse en lugares “declives”, como los
tobillos, piernas y pies.
Pero los edemas son especialmente perniciosos en determinados
casos: En aquellas personas que, afectas de una insuficiencia
cardíaca, tienen dificultades en movilizar el líquido corporal que
corre por sus vasos sanguíneos. Más aún, si este líquido aumenta de
forma importante, en forma de edemas.
Los AINEs, de hecho, aumentan el riesgo de caer en insuficiencia
cardíaca en personas susceptibles (con insuficiencia renal, diabetes
o hipertensión) hasta en dos veces. De ahí que, en estos pacientes,
deban ser convenientemente evitados.
Aumentos de la tensión arterial y
descompensación de la misma
El sustrato que lo explica es el mismo que en el caso anterior:
La retención de líquidos, tanto fuera de los vasos (edemas), como
dentro de los mismos (aumento de la tensión que soportan éstos).
Especialmente predispuestos al aumento de tensión aquéllas
personas que, ya de base, tengan la tensión alta; y, como hemos
visto, aquéllos que lleven determinados tratamientos para su tensión
arterial (IECAs, ARA-II o diuréticos).
No queda claro si alguno de los AINEs utilizados es más
pernicioso en este sentido que los demás. Por tanto, mejor evitarlos
en estos casos.
Daño a nivel hepático (o hepatotoxicidad)
Los estudios consultados sugieren que los AINEs tienen cierta
tendencia a dañar la función hepática. En especial, si son
consumidos de forma crónica. En concreto, se ha visto que la lesión
hepática aguda que requiere hospitalización, y cuya causa es el
consumo habitual de AINEs, se sitúa en nueve casos por cada 100.000
personas y año.
Así mismo, como sucede en el anterior apartado, no parecen haber
diferencias entre los diversos antiinflamatorios a la hora de
producir tal efecto.
Riesgo cardiovascular (infartos, embolias…)
Varios (múltiples, en realidad) son los estudios que se han
dedicado a buscar la posible relación entre el consumo de AINEs y la
aparición de un evento cardiovascular. Los resultados, pese a que
muestran cierta tendencia a relacionar ambos hechos, no son tan
contundentes como los descritos anteriormente. Lo que sí parece
claro es que el naproxeno es el que aporta menos riesgo
cardiovascular (dejando claro que cualquier AINE, por el hecho de
subir la tensión arterial, ya comporta cierto riesgo), seguido del
ibuprofeno. Y el resto de AINEs, en este sentido, tienen un perfil
no tan seguro.