Puede que hubiera algo de alarmismo en los negros presagios del
principio, pero lo cierto es que aquellos cinco primeras días de
competición sin estrenar el medallero, con los periodistas
recibiendo a diario en sus móviles lo que parecía un parte de
bajas de guerra -la coletilla 'Fin de participación' se hizo
popular entre los enviados especiales- fueron muy duros.
Todo parecía salir al revés. Nada funcionaba. Hasta el fútbol se
lió con una pifia monumental. No era extraño, por tanto, que
muchos comenzaran a temerse lo peor y a lanzar oscuros
vaticinios.
Los Juegos siempre tienen algo de cura de humildad para
España, un país que puede alardear de tener algunas de las
principales figuras mundiales del deporte profesional (sus
futbolistas, sus jugadores de baloncesto, que este domingo
volvieron a exigir al máximo a las estrellas de la NBA, Nadal,
Fernando Alonso, Jorge Lorenzo, Contador, etc.), pero que en el
deporte olímpico está muy lejos de ser una potencia. Ahora bien,
una cosa es que en unos Juegos a nadie se le ocurra soltar eso
tan campanudo de 'soy español, ¿a qué quieres que te gane?
porque lo normal es que piensen que tiene un serio problema con
la cerveza tibia, y otra bien diferente es regresar a lo que
podríamos llamar el período pre-Barcelona.
Hasta esos Juegos históricos, nuestro país se movía en cifras
muy modestas. Tras años en la ultratumba olímpica (desde Roma
1960 hasta Montreal 1976, sólo se lograron 4 medallas y de Tokio
y México, por ejemplo, se volvió sin ninguna), España se situó
entre los estados que fluctuaban entre las cuatro y las seis
medallas, es decir, a la altura de lo que en estos Juegos han
conseguido Turquía, Croacia, Argentina, Mongolia, Uzbekistán o
Corea del Norte, por citar sólo algunos ejemplos. Las 22
medallas de Barcelona resultaron un salto histórico y se
convirtieron en algo parecido a un símbolo o a una frontera.
Nunca volvieron a igualarse, pero aquella inercia cambió ya
para siempre la posición de España en el medallero. De Atlanta
se volvió con 17, en Sidney se bajó a 11, se remontó en Atenas
con 19 y se mantuvo el nivel en Pekín con 18. En este sentido,
las 17 obtenidas en Londres (3 oros, 10 platas y 4 bronces)
suponen, en el mejor de los casos, un estancamiento del deporte
olímpico español. Porque tampoco habría que ser demasiado
punzante para referirse al principio de un retroceso que, en un
escenario de grave crisis económica y con los patrocinadores
huyendo del deporte en desbandada, como si les persiguieran los
comanches, va a resultar muy complicado evitar. Las perspectivas
no son halagüeñas pensando en Río de Janeiro 2016. Muchos
deportistas, de hecho, tirarían cohetes si se les prometiera que
el programa ADO se va a mantener al menos tal y como está.
El papel del atletismo tiene bastante que ver en esa
sensación de desconfianza en el futuro. Lo cierto es que la
participación de España en el deporte rey de los Juegos
Olímpicos no ha podido ser más lamentable. Al igual que en
Pekín, no se ha logrado ninguna medalla y ha habido que
conformarse con tres diplomas olímpicos, los de Miguel Ángel
López en 20 kilómetros marcha, Frank Casañas en disco y Ruth
Beitia en salto de altura. Ello nos devuelve a los tiempos de la
Reconquista. A Mariano Haro y compañía.
Lo peor, sin embargo, no ha sido esta sequía de resultados
sino lo que la ha rodeado. Por un lado, toda la polémica del
caso Mullera, a la que se puede unir, aunque no tenga nada que
ver con ella, la 'rajada' de Sergio Sánchez cuando la Federación
Española de Atletismo le comunicó que el COI no le permitía
sustituir al lesionado Jesús España en los 5.000 metros. Más
lacerante, sin embargo, ha resultado la confirmación del
derrumbe de algunas de las mejores tradiciones del atletismo
nacional. No deja de ser penoso que en Londres 2012 no haya
habido un español en las finales de 800 metros, 1.500 -`el
1.500!- los 3.000 obstáculos o el 5.000. Por no hablar de la
longitud, que tan barata ha estado en estos Juegos. No iba nada
descaminado el veterano Jesús Ángel García Bragado el otro día
cuando dijo que el atletismo español necesita un cambio "aunque
sea para tirarse al vacío".
Del medallero español en Londres 2012 se desprenden una serie
de obligaciones. La primera es la de felicitar al equipo de
taekwondo, protagonista de un pleno histórico con Joel González
Bonilla, Nicolás García Hemme y Brigitte Yagüe. Nunca había
sucedido que todos los representantes españoles de un mismo
deporte obtuvieran medalla en unos Juegos. Una segunda
felicitación hay que reservarla a David Cal, que con su plata en
canoa 1.000 metros ya puede decir con legítimo orgullo que es el
mayor medallista olímpico español de la historia. Otro
piragüista, Saúl Craviotto, ha tenido el mérito de volver a
subir a podio como en Pekín, aunque esta vez en otra prueba, el
sprint de kayak individual. En el caso de Javier Gómez Noya, el
mérito ha sido diferente: sacarse la espina de los anteriores
Juegos y lograr la plata metiendo una cuña entre los gemelos
Brownlee, dos máquinas.
De todos los reconocimientos, sin embargo, el mayor hay que
reservarlo a la representación femenina. Las protagonistas de
Londres 2012 han sido, sin duda, las chicas. Las españolas. Una
de ellas, Mireia Belmonte, inauguró por fin el medallero el 1 de
agosto, y volvió a subir al podio dos días después. Su
consagración como una de las mejoras nadadoras del mundo ha
sido, quizá, la mejor noticia para España en estos Juegos. Ahora
bien, sería injusto no referirse a campeonas olímpicas como la
windsurfista Marina Alabau o al trío de Match Race formado por
Echegoyen, Toro y Pumariega, a las chicas del waterpolo, una de
las sensaciones estos días en Stratford, a las del balonmano, a
las de la 'sincro', a Maialen Chorraut o Maider Unda.
En todas ellas es posible encontrar historias conmovedoras de
perseverancia, ilusión y capaci
dad
de sacrificio. Uno piensa en la 'skipper' gallega Tamara
Echegoyen buscando barco, tripulación y entrenador para cumplir
su sueño de ser olímpica o en Maider Unda entrenando en el
desván de su caserío de Olaeta tras haber ordeñado a sus 300
ovejas y vuelve a entender que, en gran medida, los éxitos del
deporte español siguen siendo mucho más el resultado del genio
individual que el producto de unas estructuras bien cimentadas
que permitan una buena 'producción' de deportistas que vayan a
los Juegos con verdaderas opciones y no a disfrutar del desfile
de la ceremonia de apertura y el ambiente de la villa olímpica.
Y lo peor es que los tiempos no invitan a pensar que esto vaya a
cambiar sino todo lo contrario. Fuente