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Paranoia en Pekín por el congreso comunista
Paranoia en Pekín por el congreso comunista

Paranoia en Pekín por el congreso comunista

Los turistas que estos días visiten Pekín no podrán ver, salvo que tengan suerte, el vuelo de las palomas pastoreadas por alguno de los muchos ciudadanos de la capital que disfrutan con este pasatiempo al caer la tarde. Tampoco podrán bajar la ventanilla del taxi, salvo que den con un conductor rebelde, porque las manivelas han sido extraídas y los botones eléctricos pueden ser bloqueados para evitar que el pasajero arroje octavillas. Y si quieren comprar un helicóptero con radiocontrol, tendrán que identificarse o directamente no encontrarán quién se lo venda.

Estas son algunas de las medidas de seguridad –algunas llegan a extremos nunca vistos- que ha desplegado el Gobierno de cara a la celebración del XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), que comienza este jueves.

“Nos han ordenado que quitemos las manivelas y las entreguemos a la empresa para que los pasajeros no puedan arrojar panfletos, y nos han dicho que evitemos ir a Changan (la avenida que cruza la plaza Tiananmen de este a oeste)”, dice enojado un taxista, cuyo coche tiene ventanillas eléctricas. “Qué tiene que ver todo esto con mi vida. Los nuevos líderes no van a rebajar la cantidad que tengo que pagar todos los meses a la compañía. No me interesa lo más mínimo la política. Es asunto suyo”.

Los cónclaves del partido, que se celebran cada cinco años, y la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional, en marzo, son siempre épocas sensibles en Pekín. Pero en pocas ocasiones los dirigentes chinos parecen haber estado tan nerviosos como en vísperas de este congreso. En él tendrá lugar uno de los procesos de transición de poder más importantes de las últimas décadas, en un contexto complicado: la economía afectada por las crisis global, las desigualdades sociales en un nivel que algunos expertos consideran peligroso, las demandas de cambio por parte de la población en alza y con un número de protestas ciudadanas sin precedente por motivos que van desde los problemas medioambientales a las expropiaciones forzosas de suelo y el precio de la vivienda.

Además, el cónclave se produce en medio de uno de los mayores escándalos políticos que ha vivido China desde las manifestaciones de Tiananmen, en 1989: la expulsión del partido de Bo Xilai, exsecretario del PCCh en la municipalidad de Chongqing y estrella ascendente de la política china hasta que fue defenestrado hace varios meses. Bo, que se perfilaba como claro candidato a entrar en el Comité Permanente del Politburó en el congreso, va a ser juzgado por corrupción, abuso de poder, recibir sobornos e intentar ocultar el asesinato de un ciudadano británico por parte de su mujer; cargos que, según sus partidarios, son consecuencia de las luchas de poder entre las diferentes facciones del PCCh.

Un total de 1,4 millones de personas –muchas de ellas, voluntarios- han sido movilizadas en Pekín, según la agencia oficial Xinhua, para garantizar oídos y ojos por toda la ciudad que informen a la policía en caso de detectar algo sospechoso. Muchas de ellas –jubilados y pensionistas- actúan habitualmente de vigilantes sociales, pero estos días se han unido jóvenes, sentados en cruces y calles, identificados igualmente con brazaletes rojos.

El Gobierno ha puesto bajo vigilancia a un gran número de activistas y disidentes y ha forzado a algunos como Hu Jia y la escritora tibetana Woeser a dejar la capital. Hu Jia, que ha tenido que irse a casa de su familia en la provincia de Anhui hasta que finalice el congreso, ha calificado las medidas adoptadas de algo nunca visto y “absurdas”. “Han alcanzado un nuevo nivel de psicosis”, ha afirmado, informa Reuters.

La policía ha incrementado la vigilancia en los trenes que vienen de la provincia de Xinjiang, hogar de la minoría musulmana uigur. En el núcleo de transporte en la calle Dongzhimen, los agentes controlaban hace unos días la identidad de algunos jóvenes, pero solo varones, según cuenta una testigo.

Las medidas adoptadas con los taxis no afectan solo a las ventanillas, que, según aseguran algunos conductores, deben permanecer cerradas si cruzan la plaza Tiananmen, sede del Gran Palacio del Pueblo, donde se celebra el congreso. Otros dicen que han recibido instrucciones de que pidan a los clientes que rellenen un papel con sus datos personales y el destino de la carrera. Otros aseguran que les han indicado que no admitan a pasajeros con bolsas y que si alguno de los muchos peticionarios que suelen viajar a Pekín durante los congresos para reivindicar sus casos se sube en su coche no lo lleven a las oficinas de quejas gubernamentales sino a la policía. Las ventanillas de los autobuses que pasan por “centros políticos” deben estar cerradas para evitar “el lanzamiento de octavillas y otros problemas”, ha informado la influyente revista económica Caixin.

Pekín ha prohibido también los globos y el vuelo de aviones de aeromodelismo de control remoto. Y, como ha ocurrido en otras ocasiones, supermercados y tiendas han retirado de las estanterías los cuchillos para limitar la posibilidad de incidentes y ataques.

La campaña de seguridad ha afectado incluso a las palomas que crían muchos pequineses en jaulas sobre sus viviendas, especialmente en el casco antiguo, para hacerlas volar en grupos que llegan a varias docenas de ejemplares. A finales de la década de 1990, algunos disidentes soltaron en el sur de China palomas con cintas con eslóganes atadas en las patas.

Las medidas de control han afectado en particular a Internet, cuya velocidad desde hace días ha caído a niveles aún más bajos de los habituales, debido, según algunas informaciones, al incremento del barrido de la Red por parte de los censores para eliminar contenidos considerados subversivos. El término XVIII Congreso del Partido ha sido censurado en Sina Weibo, servicio de mensajes cortos similar a Twitter, pero los internautas sortean la prohibición con la palabra Sparta, que en chino suena parecido. Las autoridades también han vetado el uso de términos como “muerte”, “morir” y “abajo” en las canciones en la televisión porque son considerados de “mala suerte”, según ha escrito en su microblog el compositor Gao Xiaosong.

La mordaza ha llegado incluso a las universidades, donde algunos académicos e investigadores, que en los últimos años hablan cada vez con mayor libertad, permanecen callados estos días. “En estos momentos, no es conveniente dar entrevistas. Es mejor llamarme cuando finalice el congreso”, afirmaba este lunes un profesor de la Universidad del Pueblo, en Pekín, que en fechas menos sensibles ha respondido a las preguntas de este periódico. En el congreso, que durará alrededor de una semana, está previsto que Xi Jinping, actual vicepresidente del país, suceda a Hu Jintao como secretario general del PCCh.    Fuente

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