Resulta difícil entender cómo puede comenzar una cumbre de este
calado (con más de cien líderes mundiales) con unas conclusiones ya
decididas. Y menos aún que se desarrolle durante tres días de
monólogos y discursos, prescindiendo de discusiones o negociaciones
que aporten algo nuevo o que cuestionen la validez del texto que se
pretende aprobar.
Mientras tanto, en las calles de Río de Janeiro los manifestantes
no dan tregua. En ningún caso se trata de reivindicaciones
violentas, aunque sí masivas y por tanto representativas de un
amplio espectro de la sociedad civil. El primer día de la cumbre
marcharon por el centro de la capital turística de Brasil decenas de
miles de personas movilizadas por la Cumbre de los Pueblos, una
especie de contracumbre que se desarrolla durante estos días en el
precioso parque de Flamengo, bañado por la bahía de Guanabara.
Contra el capitalismo
La manifestación, como tantas otras que se desarrollan, arremetió
contra el “capitalismo verde”, es decir, el capitalismo disfrazado
de ecologismo. Bajo esta bandera marchan por los diferentes barrios
de Río organizaciones ambientales, indigenistas, feministas,
sindicales, políticas o estudiantiles. Y el capitalismo voraz está
en el punto de mira de todas ellas.
Ayer llegó hasta la puerta de la Cumbre Rio+20 un grupo de 400
indios de diferentes etnias, principalmente amazónicas, para
reivindicar su derecho a vivir en paz en las tierras de sus
ancestros, tantas veces violadas en las últimas décadas. Quizás fue
la movilización más pintoresca de todas las que se han presenciado
en los últimos días, aunque los indios estuvieran rodeados por un
cordón policial que no permitía el acercamiento de espontáneos y
curiosos.
Los manifestantes portaban arcos y flechas pero, contrariamente a
lo que se pueda pensar, lo que se protegía era la vida de los
propios indígenas, muy vulnerables a las enfermedades de la sociedad
urbana.