Para algunos simplemente se trataba de una anomalía, pero para
otros era el ejemplo más explícito posible sobre la definitiva
globalización sonora y también conceptual del género en Estados
Unidos. Y es que en paralelo a su irrupción e inmediata
propagación mediática, los cazadores de nuevos talentos y
rastreadores incansables de diamantes en bruto ya tenían un
segundo as en la manga para refrendar este cambio de tendencia:
Azealia Banks. 20
años. ¿Dónde? Harlem, cómo no. Qué, les va sonando, ¿no?
Una
de las grandes aportaciones de Internet es que ya no es
necesario esperar a que un artista publique un primer single
para situarse en el ojo público. Basta un vídeo en Youtube,
alguna canción en Myspace o en Soundcloud y una actividad
constante en Twitter o Facebook para disponer de más currículo,
entradas en blogs y webs y seguimiento que muchos grupos con un
álbum editado. Azealia Banks hace cuatro días que está
negociando su primer contrato con una multinacional, no tiene ni
un solo single oficial publicado y está en una edad en que la
idea de un futuro brillante en la música tiene más apariencia de
sueño que de realidad al alcance de la mano.
Pero nada de eso ha impedido que desde hace unas semanas su
nombre esté en boca de todos y que nadie ponga objeción alguna
en señalarla como una de las grandes promesas de 2012. No hace
falta tener las dotes adivinatorias de
Sandro Rey ni haber cursado un master en Harvard para
sumarse a esta corriente de opinión: basta escuchar 212,
la canción con la que se ha dado a conocer masivamente y con la
que los medios de todo el globo, del NME a Pitchfork, se han
entregado a la causa, para entender que aquí tenemos algo.
Más allá de su breve pero indicativo currículo –estudios en
LaGuardia High School y alguna aparición en musicales–, que viene a
refrendar la sensación de que Azealia ha tenido claro desde el
principio que lo suyo eran los escenarios, si algo llama la atención
de su escasa aportación hasta la fecha es la frescura y el descaro
de su discurso, que entronca también con esa idea libre y
descontextualizada geográficamente que ya se veía en su vecino A$AP
Rocky. Como si fuera una versión rejuvenecida de
Missy Elliott a la que se
le han sumado también influencias de
Nicki Minaj,
M.I.A.,
Lil Kim o
Santigold, la niña no se
corta un pelo: canta y rapea con la misma facilidad y explosividad,
como si no distinguiera un registro del otro, es tan capaz de
aguantar el empuje de bases electro-house –212– como de
deslizarse por encima de samples de
Pete Bjorn and John –The chill$– o versionar con
pausa y temple a Interpol
–Slow hands–, y siempre transmitiendo la sensación de que
quien se lo está pasando mejor es ella misma, casi como si esto
fuera un juego para pasar el rato sin mayor importancia ni presión
de futuro.
Su apuesta no es nueva, ya hace años que algunas divas rompieron
las barreras entre el rap, el pop y el R&B y añadieron letras
sexualmente desacomplejadas a sus grabaciones, pero en estas cuatro
o cinco canciones contadas que nos ha regalado hasta ahora –la
última de ellas, Liquorice, versión rapeada del hit
raver Pineapple crush de
Lone– sobresale la idea de
que estamos ante una artista excitante que captura su momento con
extrema facilidad y fluidez.
Así a primera vista, y a la espera de sus próximos movimientos,
uno no siente que se esté forzando la máquina ni prefabricando el
concepto, sino más bien que es su naturalidad y espontaneidad la
clave de su éxito anticipado. Su apuesta por un sonido urbano pero
global, sin ataduras ni restricciones de ningún tipo o clase, suena
creíble, y ese es uno de los grandes alicientes de su inminente
futuro.
Tras ser tentada por el sello XL
Recordings y establecer diálogo con varias multinacionales,
una de las cuales ya la tendría atada, aunque sigue sin trascender
el nombre, Azealia arrancará el año inmersa en la grabación de su
debut.
Será en Londres y con la ayuda de
Paul Epworth, productor de
Adele,
Friendly Fires,
Bloc Party o
Florence + The Machine,
entre otros, y se intuye que pieza de vital importancia en la
confección sonora de una puesta de largo que ya tiene overbooking de
expectativas. Y mientras, ella, ajena a la presión y la
responsabilidad de satisfacerlas, se limita a sonreír y escupir
rimas y estribillos irresistibles.