En la naturaleza hay algunas coincidencias curiosas. Debes saber,
por ejemplo, que el número de semillas de una espiral de un girasol
y los pétalos de muchas flores siguen el mismo patrón que la concha
de un caracol o un Nautilus.
Esta relación, aunque parezca
mentira, no es causal, sino que responde a una serie de
fórmulas matemáticas que aparecen una y otra vez en un gran número
de seres vivos. Son los patrones
Los más habituales son dos: el
número áureo (o proporción áurea) y la
serie de Fibonacci, que además están muy relacionados
entre sí. En ambos casos, su desarrollo puede ser complicado de
entender, pero podemos descubrirlos de
manera natural. Para que lo entiendas, nadie calcula si la distancia
entre la nariz y la barbilla es proporcional a la longitud total de
la cara, pero si es así, consideramos a esa persona bella.
El número áureo es igual a
1,618... Las espirales áureas se alejan del centro con esta
proporción cada cuarto de vuelta; de este modo, también se disponen
las hojas en las ramas, o las ramas en los troncos. No se trata de
una coincidencia, sino que es la manera más efectiva de organizar
las estructuras. Ese patrón
permite, entre otras cosas, que las ramas crezcan sin hacerse sombra
las unas a las otras.
El
empaquetado en espiral de proporciones áureas
aparece a su vez en las hojas de
las alcachofas o en las estructuras de una piña. En ellas
también encontramos la serie de Fibonacci: el número de hojas de una
espiral de alcachofa siempre pertenece a este sistema; el de la
espiral contraria, es el número anterior o superior de la serie. Un
juego típico entre biólogos es contar dichas estructuras en una
espiral y tratar de adivinar el de la contraria.
Fibonacci creó su famosa serie al intentar
descubrir cómo mejorar la cría de
conejos. La secuencia relaciona el número de nacimientos
que tienen lugar cada periodo de cría, comenzando con los números
cero y uno, denominados generadores. A partir de ahí los siguientes
números son la suma de los dos anteriores: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8...
El modelo no funcionó muy bien, pero mucho
después se descubrió que servía
perfectamente para calcular el número de ancestros de una abeja
macho: El zángano nace de un huevo sin fecundar; tiene, por
tanto una madre y ningún padre. Su madre, en cambio, sí tuvo dos
padres, de tal manera que el original tiene dos abuelos y tres
bisabuelos, dos de su abuela y uno de su abuelo, y así
sucesivamente, completando la serie de Fibonacci.
Otra teoría, la de la geometría fractal, da una vuelta de tuerca a
la disciplina, superando la
rigidez de la escuela clásica o euclídea. La obra que supuso el
despegue de esta teoría se titula
"La Geometría Fractal de la Naturaleza". Desde su
publicación en 1982, no han parado de encontrarse patrones fractales
en la naturaleza, desde los valles de ríos hasta la anatomía de las
plantas.Una de sus características refleja la invariabilidad de
su escala; es decir son iguales si los miramos de cerca o de lejos.
El ejemplo clásico es el del helecho, donde función matemática que
describe al individuo completo es la misma que describe sus hojas o
partes más pequeñas. Esto permite, por ejemplo, que gracias a un
programa informático muy sencillo podamos ver densos bosques de
helechos en el cine. Esto tiene otras aplicaciones, como ayudar a
generar mapas cuando se aplica la misma técnica a los paisajes.