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¿DONDE ESCONDER DINERO DE LOS LADRONES?

"En la alacena, dentro de un frasco de porotos", dice la señora que peina canas. "En el garaje, junto a las herramientas, envueltos en un papel de diario", confía el cuarentón. "Debajo de una tabla floja del parquet", susurra un doctor.

El interrogante es sólo uno: dónde se guardan los dólares, que, por ahora, por una cuestión de confianza, no van al banco. Y las respuestas, aunque puedan sonar disparatadas, son una cabal representación de las dudas que acechan hoy a miles de argentinos o, por lo menos, a aquellos que pueden comprar esos verdes billetes que, en su versión de cien unidades, llevan la cara del científico, filósofo y estadista norteamericano Benjamin Franklin.

Existen, en rigor, tantos escondites como la imaginación pueda visualizar.

Tomar la decisión, sin embargo, no parece simple ni sencilla. Especialistas policiales consultados por LA NACION, por ejemplo, dijeron que la gente debe siempre recordar que tanto la realización de operaciones financieras como el destino que se dará al dinero resultante deben ser mantenidos en la más absoluta reserva, con objeto de evitar que los delincuentes tomen por asalto las viviendas de los incautos ahorristas caseros para llevarse el botín escondido con esmero.

Expertos en documentología y criminalística dedicados al análisis de la autenticidad de papel moneda confiaron a LA NACION que lo primero que se debe estudiar a la hora de guardar billetes que no serán usados a corto plazo es, sin duda, las características físicas del sitio elegido.

La humedad es, por caso, el principal enemigo de los billetes. Sabido es que el papel moneda, fabricado para resistir durante años la circula-ción de mano en mano, es capaz de resistir la súbita acción del agua; prueba de ello es que, puestos en el lavarropas por olvido, dentro de una prenda, sólo necesitan un poco de paciencia para esperar el secado -y un eventual planchado, según los más exigentes- para recuperar su estado normal.

Pero, a largo plazo, la humedad puede destruir literalmente un bille-te, o decolorarlo a tal punto que lo que alguna vez fue verde se convierta en un papel de color crema con difusas inscripciones y, por supuesto, sin ningún valor de tipo monetario.

Aunque la proporción exacta de los ingredientes necesarios para hacer un dólar es uno de los secretos mejor guardados del Tesoro de los Estados Unidos, conocer algunos de sus detalles será de utilidad a la hora de elegir un lugar para dejarlos "descansar".

Se sabe que el papel fiduciario utilizado como soporte está compuesto por un 25% de lino y un 75% de algodón, y que las tintas negras y verdes usadas para darles esa imagen conocida alrededor del mundo se "estampan" sobre el papel con una presión de cuatro toneladas por centímetro cuadrado, de forma que penetren hasta el mismísimo corazón del billete.

La humedad, por caso, afectará a la larga tanto el papel como la tinta. Ni qué decir si, además, algún elemento químico de tipo solvente entrase en contacto con el dólar: tarde o temprano, los ahorros de toda una vida podrían convertirse en simples billetes de "estanciero".

Así, según los expertos, es necesa-rio poner los fajos dentro de al me-nos una bolsa de nylon cerrada her-méticamente. Una recomendación es hacer paquetes con bolsas comunes que, luego, deben ser colocados dentro de una bolsa con cierre, como las utilizadas para guardar alimentos en el freezer. Esto no significa, sin embargo, que sea recomendable guardar el preciado paquete en frío junto con los bifes de lomo.

Será conveniente, en caso de no preverse su uso por un largo tiempo, sacar los billetes del escondite para orearlos y, además, para revisar las condiciones de humedad.

Así, esos paquetes podrán ser colocados en diversos lugares. Históricamente, el escondite de la mayoría ha sido debajo del colchón, los cajones de la ropa, medias o algún fras-co puesto entre otros en la alacena de la cocina. Algunos dedicaban un frasco vacío a los billetes enrollados convenientemente; los más precavi-dos, empero, no dudan en disimularlos dentro de frascos llenos de café, porotos o fideos tipo munición.

Los más sofisticados

Otros, en cambio, son aficionados a verdaderas obras arquitectónicas o de ingeniería a la hora de elegir un escondite. Desarman partes de muebles o lámparas, levantan baldosas, zócalos o pisos de parquet y hasta reconvierten libros viejos de tapa dura en verdaderas cajas de guardado.

Además de verificar las condiciones de humedad, en estos casos conviene, según los expertos, comprobar que el sitio escogido no albergue nuevas acechanzas.

Las lámparas y las cajas de luz son peligrosas: un cortocircuito puede quemar fácilmente los billetes. Y bajo un zócalo abierto o un piso levantado pueden, eventualmente, esconderse pequeñas alimañas que verán, en el papel moneda, un sabroso manjar.

No faltan, por caso, los que hacen pozos en patios y jardines o levantan tapas de desagües, con el objeto de buscar el lugar inhallable. Aquí, otra vez, la recomendación del sellado hermético es prioridad absoluta.

Están también los ahorristas "intelectuales", que analizan la situación y sostienen que el mejor escondite es, a veces, el más obvio. Un veterano escritor confió a LA NACION que guarda el dinero en una caja fuerte empotrada en un placard, que deja siempre abierta. "Si los ladrones se asoman, verán la caja fuerte vacía. Por supuesto que no voy a revelar cuál es el truco, pero puedo asegurar que difícilmente alguien se dé cuenta de que el dinero está allí", dijo, con tono entre risueño y perturbador.

Un contador, en tanto, confesó, sin miedo a ser considerado hereje, que acondicionó un voluminoso volumen de la Biblia para guardar dentro una buena cantidad de billetes perfectamente encastrados en una caladura hecha por él mismo.

La lista, por supuesto, puede ser inagotable. Lo cierto es que, incluso más que las precauciones referidas a la conservación de los billetes en sí, lo más importante, sin duda, es mantener el secreto sobre el escondite. No son éstos, precisamente, tiempos para abrir la puerta a los amigos de lo ajeno.

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