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¿Qué es ser
progresista?
Gerardo Pereria Menaut haciendo un
repaso por la Historia y abordando la Declaración de los Derechos
Universales, le explica a su hijo porque merece la pena ser
progresita, y porque en este mundo pese a todo es importante tirar
con la Razón para adelante.
Reflexión acerca del pensamiento progresista
¿Qué es ser progresista? - por Gerardo Pereira Menaut
Podríamos
hacer una lista larguísima de ‘ya no…’. Pero también podríamos hacer
otra muy larga, aunque no tanto, con ‘y sin embargo todavía…’ Es que
la Historia avanza con dolores de parto. Unas cosas mejoran, otras
se estancan, y otras incluso empeoran. Las cosas no son tan claras
como quisiéramos. Un buen ejemplo es el progreso técnico, que a
veces se busca para matar mejor, y luego tiene aplicaciones buenas,
como sucede con la informática. Diríase que todo está mezclado, nada
es limpio y correcto de verdad. Pero así es. Lo importante es ver lo
que queda después de los muchos problemas, y no solamente las
dificultades de un momento. Pues hay épocas de especial dificultad,
como la nuestra. Si leemos lo que decían los que vivieron épocas de
crisis a lo largo de la Historia, desde el Antiguo Egipto, Roma, el
hundimiento de España etc., vemos que todos pensaron que el mundo se
acababa. Y no fue así. Es cierto que nuestra época tiene mayores y
peores problemas, ante todo la capacidad de matar antes nunca
imaginada, el imperialismo económico que somete a pueblos enteros al
hambre y la injusticia, el surgimiento de nuevos bloques de poder
económico y militar que amenazan el equilibrio siempre precario…
Por otro lado, nuestra perspectiva occidental es muy parcial. Si
miramos al Segundo, Tercero, Cuarto Mundos (quizá haya que hablar ya
de un Quinto, el de los desplazados y masacrados), las cosas son
mucho peores. Peores en cuanto a las condiciones de vida y en cuanto
al respeto de los derechos humanos. Sabemos, además, que nuestra
riqueza se apoya parcialmente en la pobreza de otros. Pero nos
estamos desviando mucho de nuestro objetivo, que no es saber si el
camino de la Historia ha llegado a un punto imposible, sino qué debe
hacer el progresista. No importa ahora si el camino es claro, si por
el contrario está cerrado o si ya no hay camino. En cualquier caso,
hay una actitud progresista, y eso es lo que nos interesa a
nosotros.
Para empezar, parece claro que si el camino está cerrado el
progresista tratará de evitar que se retroceda, y aguantar allí
donde hemos llegado. Si está abierto pero difícil, el progresista
tratará de buscar la salida hacia delante, en la medida en que sea
posible, y teniendo en cuenta todas las circunstancias y
dificultades. Fijémonos, pues, en la actitud progresita, para saber
qué es.
Hay un punto de especial importancia en el camino de la Historia,
que es la Declaración Universal de Derechos Humanos. Diríase que hoy
nadie la discute. Todos o casi todos los Estados la subscriben,
aunque quizá ninguno la respete por completo y muchos la ignoren sin
más. No importa, para nuestro argumento. Ahí está, como una gran
conquista de la Humanidad. Veamos en qué consiste esa conquista,
aunque sólo sea en lo fundamental. Y saquemos conclusiones.
El núcleo central de los Derechos Humanos tiene dos partes. La
primera, que todos los hombres nacen y son iguales en sus Derechos.
La segunda, que tales Derechos están por encima de cualquier otra
cosa. Esto se deduce del hecho de que nadie puede ser molestado o
perjudicado por razón de su sexo, raza, religión, creencias
políticas etc. Es decir, los Derechos de la persona están por encima
de todo eso. Una persona tiene unos derechos fundamentales ya sea
cristiana, islámica, animista o simplemente atea. Tiene esos mismos
derechos ya sea blanca, negra, china o lo que sea. Etc. etc. Esto
quiere decir que esos Derechos son algo más profundo que la
religión, la raza etc. Si nadie puede molestarme por tener la
religión que tengo, tampoco yo puedo molestar a otro que tenga una
religión diferente, por el hecho de tenerla. Se concluye fácilmente
que la religión u otras formas culturales es una cuestión de algunos
hombres, por muchos que sean. Los Derechos Fundamentales son cosa de
todos los hombres, son Universales.
La Declaración Universal de Derechos Humanos es una conquista que
nosotros, la Humanidad, hemos logrado. Si la comparamos con otras
épocas de la Historia, no cabe duda de que es un progreso, que nos
marca la dirección del buen camino de la Historia. De esta
Declaración se deduce que nuestra Vida Humana es como una casa que
tiene sus cimientos, sus paredes, ventanas y puertas, todo bien
construido, sólido, estable. Lo demás es la decoración. La raza, la
religión, las creencias políticas, el sexo y la tendencia sexual
etc. son los elementos decorativos. No quiero con esto decir que no
sean importantes, porque la casa, en sí misma, resultará
insuficiente para vivir cómodamente. Pero son secundarios, y son
intercambiables. Unos preferirán un color en las ventanas, otros
cocina eléctrica, otros de gas, de leña. Unos pondrán camas, otros
dormirán en el suelo. Y así hasta el menor detalle.
Pero nadie puede cambiar ni alterar los fundamentos y la estructura
de la casa. Las costumbres y las creencias de los pueblos, que son
los elementos decorativos, no pueden cambiar la Declaración. La
Declaración, por así decir, nos hace hombres. Lo demás nos hace
chinos, islámicos, habitantes de ciudades o de campos, esquimales,
comedores de especias picantes, tuaregs o moscovitas; tocadores de
guitarra o de violín, incluso pobres o ricos (esta diferencia
debería acabarse o atenuarse de verdad algún día; este es otro
difícil tema). Pero nada ni nadie puede tocar los Derechos
Fundamentales de la Persona. Nosotros, los humanos, hemos realizado
esta conquista, y no se la debemos a ningún Dios, ninguna Idea, a
ninguna fuerza extra-humana. Sólo a nosotros mismos. Por ello, los
Derechos Fundamentales no están fijados para siempre. Algún día
igual nos da por añadir algunos más. Por ser Universales, nuestros
Derechos son aceptados y compartidos por todos los humanos, y por
ello son fruto de la Razón Humana, que con todos sus deficiencias es
la única que puede llegar a algo así. Por cierto que las
deficiencias no están tanto en la Razón Humana sino en los grupos
humanos, sean Estados o lo que sean, que en la práctica se olviden
de tales Derechos.
Si ahora pensamos un poco en ciertas prácticas como la explotación
de esos niños que están esclavizados, la ablación del clítoris a las
niñas en ciertos pueblos, o las guerras y los odios entres
religiones, comprenderemos que la Casa del Hombre, los Derechos
Fundamentales de la Persona, es una Casa de la Emancipación y de la
Liberación. Y esto es lo que busca un progresista. Emancipar y
liberar a los hombres de las tiranías más diversas, impuestas por
quien sea, por la razón o la idea que sea. He aquí, pues, una parte
de la respuesta a la pregunta del título: es progresista aquel que
busca esa emancipación y esa liberación y que cree que la Persona
Humana, por el hecho de serlo, tiene unos Derechos Fundamentales que
están por encima de cualquier otra norma, ley o costumbre, filosofía
o religión. Se deduce, por sí mismo, y así se recoge en la
Declaración, que toda Persona tiene derecho a una vida digna en
cuanto a sus condiciones de vida, sus posibilidades de educación,
una retribución justa por su trabajo y un largo etcétera.
Dejémoslo así para no hacerlo más complicado. Pero hay que señalar
algo. La Declaración fue firmada por los Estados miembros de las
Naciones Unidas en 1948. Entonces no había, al menos de forma
consciente, una Conciencia Ecológica. Había una sabiduría
tradicional que respetaba la Tierra, porque la experiencia así se lo
aconsejaba, pero eso era otra cosa, propia de campesinos y de
pueblos que vivían más unidos a la Naturaleza. Hoy estamos en otra
situación, conocemos los problemas ecológicos, y por eso echamos en
falta, en la Declaración, un Derecho Universal a nacer en un mundo
habitable, a respirar aire puro y sano etc.. Habrá que añadir tal
derecho algún día. Esto es también progresista. Y aquí tenemos otra
parte de la respuesta a la pregunta de partida: el progresista sabe
que el camino no está terminado, que nuevas cosas vendrán, y lo que
en algún momento nos pareció suficiente, no lo es. Que lo que hoy
pedimos apoyándonos en cosas precedentes, algún día será utilizado
como precedente. Lo que hay parece quizá arriesgado o muy rompedor
de lo habitual, mañana será lo habitual. Los jóvenes de hoy no saben
que hace unos treinta años estaba prohibido el bikini en muchas
playas públicas españolas. Por cierto que esta idea de que lo que
hoy es novedad mañana quedará anticuado ya la dijo el emperador
romano Claudio, en el siglo I d.C. Es que después de aquellas épocas
hubo, en muchos aspectos, tanto retroceso…
De la Declaración se deduce todavía otra cosa muy importante. Y es
que no vivimos solos, aislados, cada uno por su cuenta, sino en una
Comunidad. Esto es bien sabido, que el hombre es un ser social. Pero
ahora vamos un poco más allá. No se trata solamente de que el hombre
viva siempre en relación con otros, en sociedad, sino de que el
hombre vive en un Estado, un País o como se le quiera llamar. De
modo que hay una Comunidad Humana, de la que todos somos miembros, y
luego hay comunidades más pequeñas, en la que la vida de los hombres
se concentra, desciende de aquella Universalidad y se convierte, en
la práctica, en una Comunidad Política. En la Declaración no se dice
nada sobre las normas de tráfico ni sobre los impuestos que hay que
pagar, por ejemplo. Eso pertenece ya a la Comunidad Política en la
que uno vive. Hasta ahora, las comunidades políticas coinciden, en
general, con Estados, Países o Naciones. Pero observa la Unión
Europea. Los países que la forman cada vez pierden más capacidad
para dictar sus propias normas, que dejan de ser ‘propias’ y se
hacen ‘europeas’. Es decir, tampoco esto de las comunidades
políticas que coinciden con Estados, Países o Naciones va a ser
siempre igual. La Unión Europea muestra otro camino, que (¿por qué
no pensarlo?) tiende hacia la Universalidad. Casi me atrevo a pensar
que algún día lejano habrá en la Tierra una sola Comunidad Política,
y es cierto que cada vez se oye con más frecuencia que necesitamos
un Gobierno Mundial, pues los problemas del presente, que son
mundiales como ahora bien sabemos, así lo exigen. ¿Te atreves tú a
decir, ahora, qué sería aquí lo progresista, en la visión de todo
esto? Creo que sí.
Yo añadiría solamente algo. Un buen progresista tiene que saber que,
además de Razón, somos Sentimiento, somos Historia. No nos acabamos
en las cuestiones políticas. Cuando descendemos de la Comunidad
Humana a la vida práctica, nos encontramos con que cada persona,
cada país o nación, cada grupo cultural, tiene tradiciones, tiene
una historia propia, quizá una lengua propia… que no quieren perder.
El buen progresista tiene que saber que esto es así, y aspirar a que
en la Casa del Hombre puedan convivir en perfecta armonía los
diferentes grupos humanos con sus propias tradiciones etc.
respetándose mutuamente. Y aceptar que sólo lo que atente contra la
Declaración deberá ser prohibido y perseguido, aunque forme parte de
la tradición de un pueblo. Todo lo demás, no.
Con todo esto nos acercamos a una importantísima cuestión,
fundamental para definir el pensamiento progresista. Si vivimos en
comunidades políticas o Estados, necesariamente se plantea una
pregunta: ¿cómo ha de ser la relación entre el individuo y el
Estado, o, dicho de otra manera, entre lo privado y lo público? Hay
tres grandes respuestas, en términos generales, a esta pregunta. La
primera es la del anarquista, que no acepta la misma existencia del
Estado, y quiere que los hombres se organicen como quieran y cuando
quieran y que ellos mismos lo gestionen todo, lo autogestionen. La
segunda es la del liberal, que pretende que el Estado no se meta en
la vida de la gente, en todos o casi todos sus aspectos, y lo menos
posible. No es extraño que los apóstoles del liberalismo hayan sido
gentes con una buena vida, en sociedades de corte tradicional, a los
que les iba muy bien. No querían que el Estado alterase el rumbo de
las cosas, sus tradiciones etc. La tercera es la del
intervencionista. Esta palabra es muy genérica, porque incluye desde
el comunista que predica la abolición de la propiedad privada, hasta
el fundamentalista religioso que quiere que el Estado intervenga en
la vida privada de la gente, en el matrimonio o en sus convicciones
religiosas, por eso no suele utilizarse. Nos fijamos más en lo que
cada intervencionista pretende del Estado, en el tipo de sociedad
que propugna, y según eso los denominamos.
¿Cuál, de estas tres visiones es la más progresista? La respuesta
es, más que difícil, complicada. Para empezar, ninguna de ellas es
posible en estado puro; las tres pueden ser defendidas en algunos
aspectos, condenadas en otros. De la Declaración Universal de
Derechos Humanos se deduce que es necesario que los Estados
intervengan, pero no en todos los aspectos de la vida de las
personas. Podríamos tomar como respuesta lo siguiente: los Estados
deben intervenir en la medida en que sea necesario para conseguir el
cumplimiento de los Derechos Humanos contenidos en la Declaración.
“En la medida en que sea necesario” es algo muy claro, pero no tanto
como parece. A veces las cosas pueden conseguirse por distintos
caminos, y algunos de ellos serán más ‘intervencionistas’ que otros.
El progresista debe saber que no hay recetas de validez universal,
de modo que tendrá que sopesar hasta qué punto es necesario
intervenir en la vida de las personas para garantizar sus propios
derechos, en cada caso particular, y si al intervenir no se están
dañando otros derechos, o, simplemente, la libertad personal.
Intervenir para garantizar los Derechos Humanos. Hay que añadir: y
todos los demás, que no están en la Declaración, que en cada caso se
consideren. Por ejemplo, el derecho a dormir por la noche, sin que
una panda de botelloneros te lo impida. Aquí nos metemos en un
terreno cada vez más delicado. ¿Cómo conseguir un buen equilibrio y
balance entre los derechos de unos y otros, entre el respeto a los
derechos consagrados para todo el mundo y la libertad personal que
tanto apreciamos? En principio es claro: nadie puede lesionar los
derechos de los demás, y el Estado debe impedir que eso suceda. Pero
si miras a tu alrededor verás, seguramente, que muchas veces la
solución a estas situaciones no viene de una actitud más o menos
progresista, sino de una política lúcida, inteligente, que sabe
frenar las aguas antes de que desborden, y sin que se note. Y aquí
nos salimos ya de la pregunta acerca del progresismo, y entramos en
otra diferente: el estilo de vida, el arte de organizar bien las
cosas. Un buen progresista no puede quedarse atenazado por una
verdad, perdiendo flexibilidad, perdiendo el sentido de la medida y
de la oportunidad, el arte de vivir. Pero, como ya te dije, estamos
en otro terreno, el arte de vivir… ¡ese es, también, el objetivo de
una buena educación!
En el artículo 29 de la Declaración se dice que “toda persona tiene
deberes respecto a la comunidad”. Esto debe estar bien metido en la
cabeza de un progresista. Ya sé que hoy no se lleva, sobre todo
entre la gente de tu edad. Tampoco entre muchos mayores, muchísimos.
Tener obligaciones hacia la comunidad es como decir que en algunas
cosas tenemos que saber que la sociedad está por encima de nosotros:
el bien común está por encima del bien privado. En España, por
nuestra desgraciada historia, oíamos aquello de “robar al Estado no
es pecado”, o “lo que hay en España es de los españoles”, con lo
cual la gente creía que podía destruir lo que era de propiedad
pública, o simplemente apropiárselo. Esto responde a una mentalidad
popular muy subdesarrollada, que si bien pudo tener explicación hace
tiempo (por el desamparo en que vivían las clases sociales
populares), hoy ya no la tiene. Pero el mejor ejemplo de esta
superiordad del bien público la encontramos en la conciencia
ecológica, el respeto a la Naturaleza.
El progresista sabe que la Naturaleza debe ser respetada, porque en
ello nos va la vida a todos. No por razones casi animistas (no le
pegues al árbol, que sufre), como si los seres naturales fuesen
seres animados, igual que las personas. No. Esas actitudes casi
animistas no son progresistas, aunque lo parezcan. Al contrario, es
frecuente encontrar, en ellas, actitudes de desprecio o incluso de
odio hacia las personas humanas, que somos consideradas como
potenciales destructores de la Santísima Naturaleza. Esto tiene una
explicación, por las tremendas barbaridades que hemos hecho y
estamos haciendo a mares, ríos, bosques, y a todo el planeta. Pero
no nos despistemos. Las mayores barbaridades las hacemos contra
nosotros mismos, contra el género humano. Te propongo que veas a la
Naturaleza y al Género Humano como dos partes de una misma realidad,
con dos funciones muy diferentes. La Naturaleza es nuestra Casa, y
nosotros sus habitantes. Nosotros la diseñamos, le damos forma y
función, la adornamos y la hacemos habitable; arreglamos sus
desperfectos (cuando podemos) y la llenamos de espíritu. Gracias a
nosotros un terreno se convierte en territorio, el territorio en
paisaje, el paisaje en belleza, y la belleza en poesía. Sin la
Naturaleza no tendríamos un hogar, pero sin nosotros ese hogar no
pasaría de ser un hueco en la montaña, una madriguera en el
enramado. En conclusión: si destruimos la Naturaleza, nos destruimos
a nosotros mismos. Y eso es lo que está pasando. El progresista
tiene que comprender esta íntima unión entre Naturaleza y Hombre:
nadie está por encima de nadie. Somos la misma aventura, llevamos el
mismo camino.
Acabo con otra cuestión interesante. ¿Crees que puede ser
progresista de verdad un funcionario del Estado, por ejemplo, que
procura trabajar lo menos posible? Me parece claro que no. El
progresista debe tener otra honradez, otra coherencia… Me temo que
puedas empezar a pensar que esto de ser progresista puede ser un
poco pesado, aburrido incluso. No, no es así. No imagino a un
verdadero progresista que no sea lúcido e inteligente, al menos
normalmente inteligente. Si es así, seguro que será tolerante (¡ante
todo consigo mismo!), flexible, conciliador, e incluso algo (por lo
menos) optimista. Ser progresista es, entonces, una bonita forma de
vivir, no una pesadez. En el mismo verdadero progresismo tendremos
el premio. Desde luego a un progresista no se le puede aplicar
aquello que dicen que dijo Einstein: “Sólo hay dos cosas infinitas.
El Universo y la estupidez humana. Y sobre la primera tengo mis
dudas…”
Gerardo Pereira Menaut.
Catedrático de Historia Antigua. Univ. de Santiago de Compostela.
Colaboración. El Inconformista Digital
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