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HISTORIA DE LA
COPA DE VINO
Un buen catavinos
debe estar hecho de un vidrio fino, liso, incoloro, límpido y de
formas puras, sin recovecos ni adornos.
Si
el vino se consume en un restaurante, una gran parte de este
mensaje, y muchas veces de forma más precisa, es aportado por el
sumiller, que le aconseja sobre el vino más adecuado que puede
consumir en relación con lo que vaya a comer. Por etiqueta,
entendemos el conjunto de designaciones y demás invenciones, signos,
ilustraciones o marcas que caracterizan el producto y figuran en el
mismo recipiente, incluido su dispositivo de cierre, así como en
soportes adheridos o colgantes.
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¿Qué debe figurar en una etiqueta?
# En las etiquetas es obligatorio que figure: Los datos relativos al
embotellador del vino, indicando:
# El nombre o razón social del embotellador.
# El domicilio social y de la industria donde se haya embotellado.
Por supuesto, los recipientes para beber vino no siempre han sido
así. Al principio, ni siquiera eran de vidrio.
En los primeros momentos de la humanidad, el hombre, movido por el
instinto de calmar la sed, no debió ir más allá de inclinarse sobre
charcos, ríos o arroyos, para beber directamente o, todo lo más,
ayudarse con las manos. Después vendría el uso de conchas marinas,
cáscaras de frutos, cuernos de animales u otros utensilios
impermeables proporcionados directamente por la naturaleza.
Luego, cuando el hombre se vuelve sedentario, empieza a experimentar
con lo que le rodea y surgen los primeros útiles de fabricación
propia. Primero fue el barro cocido y más tarde esmaltado, después
el cobre y el estaño para los pobres y el oro y la plata para los
ricos. Es a partir de esta época cuando se inicia la historia de las
copas.
Los descubrimientos arqueológicos evidencian el uso que de las
mismas ya hicieron los griegos y romanos, y cómo gustaban de labrar
y adornar sus copas ricamente, en muchos casos con dibujos
referentes al vino. En aquel primer período, las copas eran símbolo
de lujo y poseerlas señal inequívoca de un elevado estatus social.
No se sabe a ciencia cierta ni cómo, ni dónde, ni cuándo se
descubrió el vidrio, este material que tan práctico y efectivo iba a
resultar para la humanidad. Lo más acertado parece situar sus
primeros pasos en la época fenicia. Lo que sí se sabe con certeza es
que los egipcios, unos 1.500 años antes de Cristo, ya conocían el
vidrio, y que el pueblo persa, bajo el reinado de Alejandro Magno,
hacía ya uso habitual de utensilios fabricados con él.
En el siglo I ya existían rudimentarias vidrierías en Francia e
Italia. Sin embargo, al iniciarse la Edad Media, como tantas otras
cosas, el desarrollo del vidrio sufrió un fuerte frenazo. De hecho,
durante el medievo, el vidrio no sólo se estancó, sino que casi se
olvidó. Los árabes adoptaron e impulsaron las técnicas del vidrio.
Así, durante los siglos XIII al XV, de la ciudad de Damasco
surgieron preciosos ejemplares esmaltados, que más tarde servirían
de modelo a los vidrieros italianos.
En el Renacimiento, el vidrio alcanzó cotas muy elevadas. Surgieron
en Venecia excelentes maestros vidrieros y sus continuas
investigaciones con el vidrio les llevó a conseguir una versión
blanca bastante pura, que dio lugar al prestigioso “cristal de
Venecia”. Este “cristal de Venecia” alcanzó una enorme popularidad y
su fama corrió como la pólvora. Fue en el último tercio del siglo
XVI cuando apareció un tipo de copa más o menos estándar, de traza
esbelta, con forma de cáliz montada sobre un pie. Fueron los
ingleses, sin embargo, los que se apuntaron el tanto del
descubrimiento del cristal, en el siglo XVII, al añadir a la pasta
vítrea óxido de plomo. Al principio, las formas y tamaños de estas
nuevas copas de cristal inglés seguían cánones venecianos. El
elemento de la copa que más variedades experimentó fue el tallo, no
sólo porque ofrecía más posibilidades experimentales, sino porque
había que contrarrestar de alguna manera la fragilidad de esta parte
de la copa.
A lo largo del siglo XVIII se desarrolló todo un muestrario de
modelos de copas de cristal, que se irían estilizando con el paso de
los años. Las primeras piezas de cristal labrado fueron dando paso a
otras más finas y ligeras. Por otro lado, las copas de color se
comenzaron a utilizar para enmascarar la turbidez de los vinos
blancos. Durante el siglo XIX, los alardes decorativos de las copas
disminuyen considerablemente y se empiezan a desarrollar formas y
tamaños según el vino, una idea que no tardó en imponerse. Será a
mediados del siglo XIX cuando las mesas bien decoradas pasen a ser
una cuestión de buen gusto. Por esos años se comienzan a disponer
las vajillas, cubiertos y cristalerías para cada comensal con una
distribución meditada, buscando la armonía y la estética del
conjunto.
Terra / El Portal del Agua
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