Lara Sterling ya guardó en el armario el látigo con que azotaba a
sus "clientes esclavos" y los tacos agujas con que los pateaba y
pisaba sin cesar. Ahora que su libro "Confesiones de una dómina"
arrasa en las librerías españolas, esta estadounidense de 34 años
sueña con ser escritora y dejar atrás los tres años en que practicó
el sadomasoquismo bajo el seudónimo de Mistress Vita.
En 256 páginas Sterling narra algunas de las historias que
acumuló con los hasta tres clientes diarios que martirizaba a cambio
de 300 euros (231 mil pesos) por sesión. Llegó a tener mucho dinero
y se dio la gran vida, primero en Estados Unidos y luego en España,
pero hace dos años se hastió de su estilo de vida extremo, del
riesgo que corría con cada cliente y tener que fingir que lo pasaba
bien.
Hoy ya no es una dominatrix. Dedica su tiempo a terminar de
escribir otras dos novelas que tiene en barbecho y a promocionar su
libro en la televisión. Es más, ahora se define como una chica
universitaria normal y se apura en contar que estudió historia y
política.
Su vida, sin embargo, no está del todo resuelta. Si bien dejó el
dinero fácil, en el camino perdió a casi todos sus amigos y está a
la espera de lo que ocurrirá con sus conservadores padres que aún no
saben de sus andanzas.
-¿Cómo llegaste a ser una dominatrix?
-Estaba haciendo un documental sobre rock latino y me endeudé
mucho. Trabajaba como editora en una revista pornográfica, pero el
dinero no me alcanzaba. Estaba agobiada. Hasta que en un recital
conocí a una joven que era dómina y ganaba mucho dinero. En dos
sesiones reunía lo mismo que yo trabajando 40 horas semanales.
-¿No te cuestionaste nada más?
-No, quería la plata. Al comienzo fue chocante porque no sabía
que los hombres iban a estar desnudos. Claro que sólo era un juego
sexual, jamás tuve penetración con un cliente, por eso es distinto a
lo que hace una prostituta. Ellos buscan que uno sea una diosa;
sienten placer con el masoquismo, al ser humillados, cuando uno los
trata como a un perro.
-¿Qué tipo de hombres son ellos?
-Tienen un nivel de cultura alto, aunque no todos son ricos. En
general para tener esta vida interna de fantasía tienen que tener
cerebro. La gente tonta no se plantea el sadomasoquismo. Los que van
donde una dominatrix son más inteligentes, por lo mismo uno está
jugando con fuego.
-¿Pero sentías placer al maltratarlos?
-Para mí era un trabajo, no tenía conexión emocional. Hay otras
dominatrix por vocación, pero yo no quiero tener a un esclavo de
novio... pero sí, muchas veces, lo pasé bien con clientes.
-¿Y por qué abandonaste el oficio, entonces?
-Cada vez que contaba lo qué hacía, me decían que estaba enferma,
pero yo no lo creo así. Yo no soy víctima del sexo, soy víctima de
la sociedad. Me salí porque ya estaba deprimida; no estaba preparada
para que mi trabajo fuese visto como algo malo, como le pasa a las
prostitutas o a las strippers. La moraleja de mi libro es que no
debemos condenar a las mujeres más que a los hombres que buscan el
masoquismo.