GADAFI DICE QUE LUCHARÁN HASTA
EL FINAL
El dictador reaparece en su palacio destruido
para arengar a sus partidarios. -Cuarta noche de bombardeos a
objetivos militares en Trípoli.- Los tanques del dictador abren
fuego contra la población en Misrata y dejan 40 muertos.-Duros
enfrentamientos entre tropas leales y rebeldes en Ajdabiya. -La
insurgencia, incapacitada por indisciplina y falta de armas.
Barack Obama, el presidente de EE UU, aventura que Gadafi podría
simplemente escurrir el bulto y esperar a que pasen los bombardeos.
Su secretaria de Estado, Hillary Clinton, especula en la cadena
ABC sobre la
posibilidad de que el dirigente libio y sus principales
colaboradores preparen su exilio, eso contando con que la forma en
que se comporta el coronel es "un tanto impredecible".
¿Y qué hace mientras Gadafi? Ajeno a tantas disquisiciones sobre
su futuro,
el libio volvió a comparecer a última hora de la noche de ayer
en la televisión estatal para asegurar que nadie le moverá de su
jaima. "Lograremos la victoria al final (...). No nos rendiremos,
les derrotaremos por todos los medios", gritaba, proclamando a los
cuatro vientos que su régimen está "preparado para la lucha, sea
corta o larga". El coronel habló desde el edificio destruido dentro
de su complejo palaciego por un misil de la alianza el día 21
rodeado por cientos de sus partidarios que cumplían el doble papel
de entusiastas espectadores y escudos humanos ante el temor de
nuevos ataques aliados.
Efectivamente, poco antes las baterías antiaéreas habían
comenzado a escucharse de nuevo, tras una fuerte explosión en
Trípoli, en la cuarta noche de bombardeos. El Pentágono anuncia
que los aviones de la coalición internacional han salido 336 veces y
disparado en 108 ocasiones desde el comienzo de la ofensiva el
sábado, pero no por ello disminuye la furia con la que las tropas
del dictador golpean a sus enemigos internos.
Ofensiva contra Misrata
El coronel quizá dijo una verdad anoche: no contempla la
rendición. Es imposible discernir qué decisiones adoptará un
dirigente de su calaña, pero es seguro que observa complacido las
fisuras en la alianza internacional y, consciente de que el proceso
judicial en La Haya no tiene vuelta atrás, el tirano, ya sin salida
decorosa, juega la carta de la crueldad. Asedia ciudades, masacra
civiles, y corta el suministro de agua y luz a urbes como
Misrata, la tercera población de Libia, cuyos 300.000 habitantes
padecen el cerco desde hace un mes y ataques con artillería pesada
desde días atrás.
Decenas de civiles han muerto en Misrata, entre ellos cuatro
niños que fallecieron ayer despedazados cuando su familia huía de la
ciudad en coche. Gadafi ataca a una insurgencia incapaz de entablar
un verdadero combate porque su armamento es raquítico y su
despliegue, anárquico. Daba lástima ayer hablar en el frente con
Jamal Zuaye, un coronel de la aviación que se alistó a la rebelión y
al que los milicianos no hacían caso. Zuaye era la viva imagen de la
impotencia. Las fuerzas del régimen han utilizado incluso a
ciudadanos como forzados escudos humanos con la intención de evitar
ataques de los bombarderos británicos.
Gadafi, el golpista que se alzó al poder hace 41 años no ignora
que, incluso sin poder utilizar sus aviones y helicópteros, su
Ejército es infinitamente superior a los insurrectos libios. Y sin
escrúpulos para castigar al pueblo que dice le adora, ha provocado
una catástrofe en Misrata, 200 kilómetros al este de Trípoli.
Médicos consultados por Reuters aseguran que operan en los pasillos,
en el suelo, de la clínica a un sinfín de heridos de bala y
metralla. Muchos se quedan sin atención.
La zona de exclusión aérea decretada por el Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas es papel mojado cuando los tanques del dictador
se parapetan en el centro de una ciudad. "Falta personal, camas y
medicamentos", lamentaba un doctor desde Misrata. Zintan, a poca
distancia al oeste de Misrata, sufre la misma suerte.
El 22 de febrero Gadafi prometió morir como un "mártir".
Conquistó con brutalidad Zauiya, al oeste de Trípoli, el 10 de
marzo. Sus tropas cruzaron el desierto expulsando a los milicianos
de las instalaciones petroleras de Ras Lanuf y Brega, ya en el
oriente de Libia. Los leales al coronel se apoderaron de Ajdabiya y
avanzaron 160 kilómetros hasta Bengasi, capital del alzamiento el 17
de febrero. Los bombardeos de los pilotos franceses frenaron su
marcha, y los uniformados de Gadafi retrocedieron el domingo.
A las afueras de Bengasi, todavía humea la chatarra de los
tanques y blindados que el autócrata desplazaba para, había dicho,
"aniquilar a los traidores". Aún arde un inmenso depósito de nafta
en Zueitina, un pueblo sin asfaltar que acoge una de las cuatro
grandes estaciones eléctricas del país. Otras aldeas cercanas llevan
días sin luz porque dos de los tres tendidos eléctricos fueron
derribados. Atrincherados ahora los soldados del dictador en las
calles de Ajdabiya, los insurgentes intentan forzar su retirada de
esta arenosa localidad de 100.000 vecinos.
Desorganización entre los rebeldes
En nada ayuda a los sublevados su propia actitud. "Quieren luchar
y es muy difícil que obedezcan órdenes. No podemos ni rescatar a los
muertos, ni disponemos de armas para enfrentarnos a los tanques y
misiles de Gadafi, que ha tomado
Ajdabiya. Después de los bombardeos de la aviación francesa,
creció nuestro ánimo para pelear, pero no hay cadena de mando",
admite el coronel Zuaye, cuya esposa y cuatro hijos se esconden en
esta ciudad. ¿Comunicaciones entre los rebeldes? "No tenemos",
sentencia. Las camionetas llenas de milicianos se dirigen a Ajdabiya
cuando les viene en gana. Y se prodigan en un ejercicio tan inútil
como ridículo: montados en camionetas disparan a menudo al aire sus
fusiles y ametralladoras, bien lejos de sus enemigos. Tal vez, lo
único que hacen correctamente es repartir bocadillos de judías con
salsa y agua. ¿Se puede luchar en estas condiciones?
No es posible lanzarse a la batalla cuando suceden incidentes
como el ocurrido ayer a las puertas de Zueitina, a media decena de
kilómetros del frente. Un hombre con uniforme aparentaba dar
órdenes; decía ser vecino de Ajdabiya. De pronto, se acercó otro
individuo de esta población que afirmó no conocerle. Y brotó la
sospecha. El que ejercía de oficial acabó trasladado a Bengasi para
comprobar su identidad. Todos creen, y pueden tener razón, que
espías de Gadafi se infiltran en sus filas.
"Estamos convencidos de que Gadafi tiene suficiente dinero, oro y
diamantes para librar la guerra", comentaba a este diario Mustafá
Gheriani, portavoz del Consejo Nacional, el Gobierno de los alzados,
que rechazan que militares foráneos pisen su tierra, aunque recen
para que los cazas aliados machaquen a las tropas de Gadafi. "No a
la intervención extranjera", rezan carteles colgados en avenidas de
Bengasi. Y el lema añade: "Podemos hacerlo solos". En absoluto
parece que así pueda ser. Defenestrar al odiado régimen exigiría un
buen suministro de armamento de países occidentales, mucho
adiestramiento y disposición de los insurrectos a someterse a una
pizca de disciplina. Fuente
Comparte este articulo :
/
Compartir en Facebook
/
|
|