En las elecciones legislativas se renueva
la totalidad de la Cámara de Representantes, de 435 escaños, 37 de
los 100 asientos del Senado, y los puestos de Gobernador en 37
estados, entre otros puestos de la administración estatal y
local.
Los republicanos parten con una intención de voto del
55%, frente al 40% de los
demócratas, según la última encuesta de Gallup publicada
este lunes.
Esta ventaja se ha conseguido gracias a la combinación de varios
factores: el giro de los independientes al republicanismo, la
explosión del movimiento populista del Tea Party, la aparición de
los poderosos grupos externos de
financiación republicanos y la desastrosa campaña realizada
por el Partido Demócrata, que no ha logrado distanciar la figura del
presidente, Barack Obama, ahora en sus
niveles más bajos de popularidad, de la mala opinión que la
población tiene del Congreso.
Como ejemplo, sólo un 39% de los demócratas encuestados considera
que su partido ha realizado una
buena gestión de la mayoría de la que han gozado hasta el
momento, según una encuesta publicada la semana pasada por Gallup,
en la web Politico.
Poco importará hasta qué punto la férrea, constante oposición
republicana a los planes de reforma
de Obama haya minado la percepción de los estadounidenses.
La agresiva campaña publicitaria desarrollada por el Grand Old
Party, nombre tradicional del Partido Republicano, ha dado sus
frutos. Sin embargo, emergen dudas en lo que puede suceder una vez
tengan el control de la Cámara,
trampolín para los comicios presidenciales que tendrán
lugar dentro de dos años. Es una larga carrera y los republicanos no
pueden permitirse efectuar maniobras arriesgadas.
Gobernar hacia el
centro
El primer paso, por ello, consiste en acabar con el movimiento
semipopulista del Tea Party, que ha conseguido de sobra su
objetivo fundamental: hacer ruido
de fondo. "Todo se amplifica", decía el sátiro político Jon
Stewart el pasado fin de semana, "para que nada se escuche", en
referencia a las tan estrambóticas
como masivas protestas organizadas durante los últimos
meses por los elementos más reaccionarios de la política y los
medios norteamericanos, como Sarah Palin o el presentador Glenn
Beck, contra el Gobierno estadounidense.
Sin embargo deben ir con cuidado.
Revocar en su totalidad la reforma
sanitaria de Obama, por ejemplo, sería una gesto
excesivamente radical --por no decir inútil: el presidente sólo
tiene que ejercer su veto presidencial para anular tal iniciativa--,
pero, con el control de la Cámara, sí que podrían negarse a
financiar aspectos sustanciales del plan de reforma financiera que
está desarrollando la Casa Blanca.
Los grupos exteriores
Así, el radical Tea Party dará paso organizaciones externas,
respaldadas por donaciones anónimas, de gran poder
económico, responsables de buena parte de la agresiva campaña
publicitaria republicana y más integradas en el organigrama de
Washington. Tras ellos se encuentra la polémica figura de Karl Rove,
el arquitecto de la política más dura de la era Bush, quien estos
últimos días ha reaparecido en medios europeos como el rotativo
alemán Der Spiegel, desdeñando
la labor de los "Tea Partiers" por
"poco sofisticada".
El dinero vuelve a ser factor fundamental: el coste de la campaña
electoral para los comicios legislativos estadounidenses del martes
ha batido un récord histórico al
sobrepasar los 3.000 millones de dólares en gastos (unos
2.150 millones de euros), según el Centro para el Análisis de las
Campañas en los Medios de Comunicación.
El objetivo final, según el presidente de American Crossroads,
Robert M. Duncan, es el de
conseguir a un presidente republicano dentro de dos años.
"En 2012 hay un premio mayor: el cambio en la Casa Blanca", afirmó a
The New York Times. "Hemos plantado la bandera de la
permanencia, y creemos que jugaremos un papel crucial en las
próximas elecciones", añadió.
El temor más inmediato entre los demócratas es que este tipo de
organizaciones pueden alimentar una
espiral de dinero que permitiría la resurrección de los "intereses
especiales" o grupos de presión que Obama ha intentado
destruir desde su llegada a la Casa Blanca. De seguir así, incluso
los propios demócratas se verían obligados a recurrir a grupos
similares para contraatacar, creándose un escenario "obsceno", en
palabras del antiguo analista jurídico jefe de CBS News, Andrew
Cohen. "Miles de millones de
dólares en mantener a los grupos de presión en Washington;
miles de millones de dólares gastados para asustar a los votantes",
lamenta.
Víctimas
Obama no saldrá indemne: la insatisfacción con el desarrollo de
la creación de empleo, con la recuperación económica, con los
miles de millones de dólares
invertidos en los paquetes de estímulo fiscal han terminado
por alejarle de los votantes independientes, grupo crucial en la
victoria de Obama en 2010.
Pero, en general, la principal víctima ha sido
la confianza en el Gobierno estadounidense. El vacío ha
sido rellenado con la aparición del Tea Party, con la presencia de
políticos esperpénticos como la candidata republicana al Senado por
Delaware, Christine O'Donnell, quien reconoció haber hecho sus
pinitos en las artes de la brujería y, finamente, con una
masiva inyección de dinero publicitario jamás vista en la
historia del país que no ha hecho sino dañar gravemente el juego
democrático.
"La gente, y en especial muchos jóvenes,
quieren ser gobernados por adultos
con visión y altruismo. Quiere candidatos inteligentes.
Quieren cargos electos aún más inteligentes", escribe Cohen. "La
democracia exige sabiduría, y la gente ya
no es capaz de percibir la
sabiduría necesaria en Washington. Sólo ven una comedia de
altos vuelos, una tragicomedia en realidad, que se está
desarrollando ante sus ojos".