LAS PROFECÍAS DE SAN MALAQUIAS
A principios del siglo
pasado, bajo el reinado de Luis XVIII, un sacerdote de la diócesis
de Toulouse quiso publicar una antigua profecía en torno a los
papas. Pero el gobierno, impresionado, lo prohibió. ¿Cuáles eran las
terribles revelaciones que amenazaban con destruir la tranquilidad
pública?
La profecía en cuestión,
redescubierta por un sacerdote provinciano, era nada más y nada
menos que una predicción muy antigua, atribuida a San Malaquías,
obispo irlandés que había vivido en el siglo XII, y publicada por
primera vez en 1595. Desde entonces, este escrito había hecho correr
ya mucha tinta, y tanto los partidarios como los detractores de su
autenticidad se dedicaron a defender con fuerza sus posturas a lo
largo de varias generaciones. El contenido de la profecía era claro:
pretendía dar a conocer el número exacto de papas que habrían de
sucederse hasta el fin del mundo. Pero esta profecía de San
Malaquías no era la única de esta clase: existieron tres más, menos
famosas, pero que constituyen otros tantos testimonios curiosos en
torno al tema.
La primera, en la que no consta el nombre del autor, es una
recopilación manuscrita que se conserva en la Biblioteca del Arsenal
de París. Empieza por el papa Pío II(1458-1464) y fija la fecha del
fin del mundo en la época del séptimo sucesor de Sixto V, es decir,
en la de Gregorio XV, que murió en 1623.
El segundo libro, llamado "de Escaligero", contiene dos vaticinios
bastante oscuros que datan del siglo XIII, y cita como último papa a
Urbano VI, que reinó de 1378 a 1389.
La última profecía, por fin, es atribuida a un tal Joannini, y fue
impresa en Venecia en 1600; su contenido es tan fantástico como el
de las dos anteriores.
Sus autores, por lo demás, eran personas prudentes, y uno de ellos
no dudó en terminar su predicción con ciertas reservas, como si
quisiera curarse en salud: Por lo demás, el Señor, que tiene entre
sus manos las propias estrellas del firmamento, es lo bastante
poderoso como para cambiar de opinión, si le place.
Las predicciones de San Malaquías parecen ser de otro tipo: Quizá el
éxito y la audiencia que obtuvieron se deban al hecho de que sitúan
el fin del mundo en los años cercanos al año 2000. Además, como esta
profecía todavía no se ha podido cumplir, ya que quedan dos papas
más después de Juan Pablo II, mantiene intacta toda su credibilidad.
Todas estas razones sin duda han pesado mucho en el interés que ha
suscitado este tema y que sigue suscitando en nuestros días -quizá
con mayor intensidad-, dado que la fecha crucial se acerca
amenazadoramente.
De todos modos, hay que reconocer que buen número de estas profecías
sobre los papas resultan verdaderamente inquietantes por cuanto
parecen coincidir de manera asombrosa, a veces casi a la perfección,
con la realidad histórica de los distintos reinados pontificios.
Antes de abordar el estudio del texto propiamente dicho, veamos cuál
pudo ser su verdadero autor. Malaquías nació en el año 1094, en
Irlanda, en la ciudad de Armagh. Cuando todavía era joven quiso
hacerse sacerdote, y se puso bajo la dirección espiritual de un
piadoso ermitaño llamado Ismar. El obispo de Armagh, impresionado
por la santidad de su vida y de sus intenciones, le concedió el
sacerdocio. Entonces se dedicó a reformar los monasterios y a
restablecer en ellos la disciplina. La intensidad y eficacia de su
labor hicieron que a los treinta años accediera al obispado.
Unos años más tarde, se convirtió en arzobispo de Armagh y en
primado de Irlanda, que era la más alta dignidad eclesiástica del
país. Malaquías puso todo su empeño en vigilar las costumbres de su
clerecía y en evangelizar las zonas rurales. Luego, una vez creyó
cumplida su tarea, renunció a todos sus cargos y se retiró, por
humildad, en la pequeña diócesis de Down. En 1139 realizó un viaje a
Roma, y de paso visitó el monasterio de Clairvaux (Claraval), donde
entabló una estrecha amistad con el fundador, San Bernardo. En Roma
fue recibido con los máximos honores por el papa Inocencio II, y
regresó a Irlanda para proseguir su apostolado.
En 1148 regresó a Francia para saludar al papa Eugenio III, que
debía trasladarse allí, y tuvo el consuelo de morir en brazos de San
Bernardo, quien más tarde redactó una biografía de su amigo donde
aludía ya a sus dotes proféticas: Las disciplinas reconocieron que
Malaquías gozaba del espíritu de la profecía... Si nos fijamos bien
en los hechos llevados a cabo por él, nos daremos cuenta que entre
ellos no faltan profecías, revelaciones, castigos de impíos, gracias
de curación, conversiones, resurrecciones de muertos... Dios, que lo
amaba, lo adornó con todas sus glorias.
He aquí pues atestiguadas las dotes de vidente de San Malaquías, y
ello por un testigo muy solvente. Pero esto, ¿equivale a afirmar que
realmente fue él el autor de la profecía sobre los papas? Muchos lo
creyeron así; otros lo rechazaron. Lo cierto es que nadie oyó hablar
de ella antes de 1595, fecha en que fue publicada por primera vez y
que se sitúa casi cinco siglos y medio después de la muerte del
presunto autor. Parece imposible que ese escrito permaneciera tanto
tiempo desconocido.
La obra de 1595 se debía a un monje benedictino de la ciudad de
Douai, en el norte de Francia, llamado Arnold de Wyon. Nació en
1554, y se retiró a Mantua (Italia) a raíz de los trastornos
políticos y de las guerras que asolaban Flandes. Había escrito ya
diversos tratados muy eruditos acerca de la historia de su orden
cuando en 1595 editó su Lignum vitae (Arbol de vida), dedicado al
rey Felipe II de España, que consistía en una enumeración de los
benedictinos que habían sido elevados a la dignidad episcopal.
Tras relatar varios episodios de la vida de uno de ellos, San
Malaquías, añade: "Escribió algunos opúsculos. Hasta hoy, no he
tenido la oportunidad de ver ninguno, excepto una profecía relativa
a los soberanos pontífices. Como es muy breve, y que yo sepa no ha
sido impresa todavía, y dado que a muchos les complacería conocerla,
paso a copiar aquí su texto."
Siguen entonces 111 pequeños párrafos o divisas que van desde el
papa Celestino 11(1143- 1144) hasta un texto que anuncia el juicio
final y el fin del mundo bajo el pontificado de un tal Pedro el
Romano, el 112° papa después de Celestino II. Recordaremos que el
actual Santo Padre es el 110° de la lista de San Malaquías. Esta
proximidad del fin del mundo inquietó de tal manera al gobierno de
Luis XVIII que decidió impedir la publicación del libro.
Los 74 primeros párrafos, hasta Urbano VII (1590) iban seguidos de
un breve comentario explicativo firmado por un erudito dominico
español, Alphonsus Ciacconius. especialista en historia del papado.
Algunos críticos, posteriormente, apuntaron que era él el verdadero
autor de todo el texto, y que habría abusado de la buena fe y de la
credulidad de Arnold de Wyon. ¿Qué motivos le habrían empujado a
ello? Influir en los cardenales reunidos en cónclave tras la muerte
de Urbano VII para que eligieran al obispo de Orvieto, amigo de
Cíacconius, el cardenal Simoncelli. Efectivamente, al sucesor de
Urbano VII le atribuía como divisa De antiqaitate urbis (de la
ciudad antigua), es decir, de Orvieto (topónimo que deriva de Urbs
vetus, ciudad antigua).
Es posible, pero no seguro: a fin de cuentas, Simoncelli no resultó
elegido, y en estas condiciones debemos preguntarnos qué razones
habrían tenido estos eruditos para publicar cinco años después una
profecía de circunstancias, y que por lo demás había fracasado.
Además, existe otro hecho innegable: la profecía de los papas, ya
desde su aparición, llegó a ser conocida en toda Europa, y suscitó
un enorme interés, hasta el punto de que entre los sabios de todas
clases que se dedicaron a investigarla, la mayoría creyeron en su
autenticidad. ¿Se trataba realmente de la obra del obispo de Armagh,
o de un texto fabricado a fines del siglo XVI? Parece difícil optar
por una u otra afirmación, mientras no aparezcan pruebas
contundentes en un sentido o en otro.
Pero queda por verlo más interesante de todo: la última parte de la
profecía, la que se refiere a los papas que fueron elegidos después
de la impresión del libro en 1595. Después de esta fecha,
efectivamente, no cabe ninguna posible falsificación: no se puede
pensar más que en un bromista que habría elaborado sus predicciones
una vez acaecidos los hechos.
Fuente
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