LA VERDAD SOBRE JIMMY
JUMP
Obsesionado con verse en
televisión, Jaume Marquet, agente inmobiliario de 35 años, irrumpe
en eventos de todo el mundo. Busca la fama aun a costa de perjudicar
a los demás.
Cada verano la familia
Marquet solía recorrer Europa en un potente Land Rover. El pequeño
de la casa, Jaume, no paraba tranquilo ni un segundo, así que no fue
raro que sus padres le perdieran de vista en una de las salas del
Vaticano. Por megafonía, al rato, preguntaron por los familiares de
este chico travieso que se había colado en las dependencias secretas
de la Santa Sede. Cuando lo tuvo delante, su padre le preguntó por
qué lo había hecho, y el niño, que entonces tenía entre nueve o diez
años, respondió con un tono enigmático: "Siento algo especial". Las
mismas técnicas de escapismo las aplicó en el Museo del Louvre, en
el de Van Gogh, en el Casino de Montecarlo...
Jaume Marquet i Cot es hoy en día un
catalán de 35 años, agente inmobiliario, que vive en un piso
alquilado a 50 metros del Ayuntamiento de Barcelona. Es un tipo
corriente, va a comer los domingos a casa de sus padres y por las
tardes acude al Camp Nou. Pero hay algo extraño y estrambótico que
le convierte en un personaje llamado Jimmy Jump, un "saltador
profesional" dispuesto a colarse en cualquier evento que tenga
notoriedad. Lo ha conseguido hacer en algunos en los que participaba
el Rey y el Dalai Lama, pero su última hazaña ha sido meterse
en medio en la actuación del cantante español Daniel Diges durante
el festival de Eurovisión, hace una semana. ¿Por qué lo hizo? ¿Quién
es él en realidad? ¿Un loco, un iluminado? ¿Un caradura? ¿Un tipo
inteligente, como sugieren algunos, que sabe llamar la atención?
Las respuestas hay que buscarlas en
Sant Quirze del Vallès, un pueblo dormitorio de Sabadell rodeado de
preciosos bosques. Su familia se mudó allí cuando él tenía 14 años.
El padre, un técnico de ventas de una marca de lubricantes, rondó
desde el principio los círculos de Esquerra Republicana de Catalunya
(ERC). Jaume por entonces era un chico rebelde, alérgico a los
dictámenes de la autoridad, y eso pronto le trajo problemas en el
colegio del Opus Dei en el que estudiaba. A los curas no les gustaba
nada que fuese a clase con unas botas militares.
Al chico le gustaba la
interpretación. Hizo teatro en el colegio y realizó un book
que fue enseñando por castings donde raramente creían en sus
cualidades. Soñaba con conquistar Hollywood. En ese tiempo creció
también en él un sentimiento nacionalista catalán influido por lo
que escuchaba en casa. El Partido per la Independencia (PI), una
escisión de ERC, encabezado por Àngel Colom en 1999, lo eligió
candidato a la alcaldía de su pueblo cuando apenas tenía 24 años.
Aún se le recuerda pegando día y noche carteles con su cara por
todas las calles. Tenía perilla y una mata de pelo de la que hoy
carece. En su programa electoral prometía impulsar "la creatividad a
la hora de realizar actividades sociales y culturales". "Estas
elecciones pueden cambiar la historia democrática del pueblo",
afirmaba sin atisbo de ironía. "Era un programa de una simpleza
absoluta", opina otro candidato.
El político local Josep Coll, que
regenta un concesionario de coches, recuerda a Jaume como un chico
dicharachero, enérgico, y aclara de primeras que en absoluto, a su
juicio, se trata de un loco. "Es normal y corriente. Busca
notoriedad sencillamente", afirma mientras muestra coches de segunda
mano. Para dibujar un perfil de Jaume recurre a una anécdota que
protagonizó en plena campaña. El chico y su padre pegaban de
madrugada carteles frente de la sede de Esquerra. "Eh, Jimmy", le
gritaron desde una ventana, "no pongas nada que ahora bajamos para
quitártelos". "Me da igual. Tengo carteles de sobra y toda la noche
para estar aquí", contestó con chulería. Llegó el día de las
elecciones y el PI solo sacó 68 votos. El partido desapareció al
poco tiempo. El primer salto a la fama de Jaume acababa de
quebrarse.
"Ah sí, sé quien es. Jaume Marquet,
el que se presentó a alcalde. ¿Pero que este chico es Jimmy Jump?
Anda, quédate con otro". La mayoría de la gente del pueblo sabe de
quien se trata cuando se habla de Marquet, al que recuerdan paseando
un perro de gran tamaño, pero ignoran que es el mismo que reventó la
actuación de Diges.
El cantante actuaba en Oslo. No movió
ni un músculo cuando Jaume irrumpió por sorpresa en el escenario.
Tampoco cuando la seguridad obligó a bajar de la tarima al
espontáneo. Pero al acabar, lleno de frustración, Diges rompió a
llorar: acababan de arruinar el momento más importante de su vida
profesional. "Me indignó de tal manera que no puedo ni explicarlo",
afirma Jesús Cañadilla, autor de la letra y la música de la canción.
Era la primera vez en la historia de Eurovision que ocurría una cosa
así.
Para encontrar a los padres de Jimmy
hay que viajar hasta Hospitalet del Infant, un pueblo de Tarragona
al que han ido a resguardarse de la repentina fama del hijo. "Llevo
años sin hablar con mi niño de los saltos que realiza. Comemos
juntos cada fin de semana, pero nunca tratamos el tema. Es tabú",
dice su padre, Domingo Marquet. Cuenta cómo desde pequeño se colaba
en todas partes. No puede dar con una explicación concreta: "Esa
sensación especial que siente... no puede r emediarlo. Un impulso".
Acostumbrado a referirse a sí mismo
en tercera persona, Jimmy siempre quiso ser una estrella de la
televisión. Actor, presentador, famoso, lo que fuese. Solo se le
recuerda en calzoncillos en un programa de TV-3; recitando a Antonio
Machado en un show de Telecinco, y como figurante en una
película española. Nada más. Nunca consiguió ser un personaje
importante. Obsesionado con salir del anonimato, ha saltado a plazas
de toros, campos de fútbol y escenarios repartidos por todo el
mundo. La prensa lo ha ignorado a conciencia en ocasiones.
No es fácil dibujar un perfil de
Jaume Marquet, alguien normal para unos y "un memo integral" para
otros, y menos durante estos días, que permaneció detenido en Oslo
porque le habían aplicado una norma de la ley de extranjería. Hay
que buscar declaraciones suyas en una entrevista con el periodista
Víctor Colomer, donde asegura que salta a los eventos "por
impulsos". "A veces lo preparo todo, pero no surge. Un año durante
los premios Sant Jordi en el Palau, por ejemplo, estaba en primera
fila y pude saltar. Pero no tenía ganas".
Sus apariciones espontáneas le han
acarreado fuertes multas. La última intrusión le ha costado 1.800
euros, pero antes le impusieron 60.000 por saltar a un campo de
fútbol. ¿Cómo las paga? "No lo hace, no tiene un duro", aclara su
padre. No tiene nada a su nombre y es insolvente, pero en su web
acepta donaciones para llevar a cabo "sus apariciones estelares",
como él las llama, y vende camisetas con su nombre artístico.
A veces resulta un personaje borroso
y contradictorio. Formal en el trabajo, donde se hinchó a vender
pisos durante el boom inmobiliario, discreto en su vida
personal e impulsivo y egocéntrico al tiempo. Capaz de liarla en
cualquier lugar por verse en televisión. Hay tres formas de hacerse
famoso, según Jaume: "Una: por méritos propios. Esta para mí es muy
difícil. Dos: enrollarte a una famosa o decir que lo has hecho. Es
la más directa. Y tres: moverse mucho y currárselo, que es lo que
hago". Esa es la filosofía de Jaume, alias Jimmy Jump, un
tipo que persigue una fama que le ha ido esquivando durante toda su
vida.

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