PADRES GOLPEADOS POR LOS HIJOS
"Es muy duro dar el paso de
denunciar a tu hija. Cuando es reincidente más aún. Si hubiera sido
la primera vez, pues perdonas. Y la segunda, también. Pero en mi
caso era ya la tercera, y ya dije que no aguantaba más [...]. Mi
integridad física peligraba, la próxima vez mi hija me mataba en un
momento de euforia". María, madre de 45 años, casada desde hace 24,
cuenta ante el terapeuta lo que durante años la familia cargó en
silencio a sus espaldas.
Su hija, Belén, de 17 años -nombre
ficticio, al igual que el de los demás casos reales incluidos en
este artículo- se encuentra en un centro de protección de menores
después de haber agredido a su progenitora. Un día se levantó y dijo
que no quería estudiar más. Su madre le recordó que ella y su padre
se levantaban todos los días a las siete de la mañana para pagarle
los estudios. "Se puso como una histérica [...]. Mordiscos,
puñetazos, de todo. Ahí dije que ya no aguantaba más", rememora
María.
El fenómeno es minoritario, pero muy
serio, preocupante, según alertó a finales de julio la Fiscalía
General del Estado porque el número de casos aumenta a velocidad de
vértigo: padres que ponen un pestillo en la puerta de la habitación
porque temen que su hijo cumpla las amenazas que va soltando de día
-"Cada vez que salía algo de malos tratos en la tele me decía: 'Tú
vas a acabar así", cuenta otra madre-; un joven de 17 años que le
parte la nariz a su mamá con la hebilla del cinturón "porque la muy
zorra no lavó la camisa verde". Los expertos hablan de una patología
social propia de la época contemporánea, que afecta a familias de
todas las clases sociales. Los padres, desbordados, se muestran
reticentes a pedir ayuda por miedo al estigma que supone el sentir
que uno fracasó educando a sus hijos.
Casi inexistentes en la década de los
noventa, los casos empezaron a aumentar a un ritmo preocupante a
partir del año 2000. Durante 2008, las Fiscalías de Menores abrieron
más de 4.200 expedientes por agresiones de hijos a padres, frente a
los 2.683 del año anterior. En todo caso, esto apenas supone la
punta del iceberg. Los casos denunciados se incrementan a un ritmo
de unas mil por año, según Javier Urra, primer Defensor del Menor de
la Comunidad de Madrid, doctor en Psicología y autor de varios
libros sobre la materia.
Hay quienes consideran que el
problema esencialmente es la educación demasiado permisiva y sin
límites que recibieron estos pequeños tiranos. Otras voces
hablan del síndrome del emperador. Creen que hay niños que
nacen con una cierta predisposición genética a comportarse así y
piden que no se haga tanto énfasis en la culpa de los padres para
que el peso del estigma no les impida pedir ayuda antes de que sea
tarde. "Estamos cometiendo el mismo error que en la violencia de
género", alerta Vicente Garrido, profesor de Pedagogía y
Criminología de la Universidad de Valencia.
El pequeño tirano busca ante
todo revertir el orden jerárquico de la familia, quiere tomar el
control de la casa recurriendo a todo tipo de violencia psicológica
y física, sin importarle el dolor que pueda infligir a sus seres
cercanos. Va avanzando paso a paso, tanteando y chantajeando a unos
padres que dan a torcer su muñeca una y otra vez hasta que pierden
todo tipo de autoridad.
"Acababa cediendo siempre, haciendo
todo lo que ella quería para no provocarla. Si ella te decía esto,
tú cedías para que no se enfadase, volvías a hacerlo para que no
chillara, para que no te amenazara con que se iba de casa", cuenta
María. "Me metía en la cama a veces con miedo. A mí me anulaba, pero
a mi marido, no le dejaba comer en la cocina con ella. 'Yo con este
cerdo no quiero cenar, que se quite de enmedio', nos decía. Se
convirtió en la reina y señora de la casa y nosotros en sus sumisos
esclavos", rememora en las sesiones entre lágrimas.
Javier Urra, considera que el
fenómeno es propio de una sociedad "de nuevos ricos", impensable en
ámbitos más tradicionales donde estas conductas son duramente
sancionadas por la comunidad. "No se da el caso de un niño gitano
que pegue a su madre, o el de un chaval de un pueblo perdido de
Castilla, donde los padres son labradores". Simplemente porque al
día siguiente les caería una tremenda reprimenda, argumenta. "España
salió de una dictadura y acogió con mucho gusto el prohibido
prohibir del Mayo del 68. La natalidad bajó hasta el punto que
el hijo se convirtió en un tesoro al que hay que educar entre
algodones", añade. "Estos niños son los que, cuando tienen dos años,
les pides que ayuden a recoger y no lo hacen. Son los mismos que con
seis o siete años acaban enfrentándose con el profesor y el padre se
pone de su lado. El pequeño dictador se hace. Hay padres que
creen que decir que no a su hijo les crearía un trauma. Eso
es un grave error: lo que neurotiza es no tener límites. Los niños
tienen que aprender lo que es la frustración".
Vicente Garrido, por su parte, cree
que se pone demasiado énfasis en lo mal que lo hacen los padres.
"Podrían haberlo hecho mejor, es cierto, pero ¿vamos a criticar a la
madre que está sola en casa para atender a sus dos hijos por no ser
una pedagoga excelente?", pregunta. Garrido sostiene a
contracorriente que hay una predisposición de algunos jóvenes a
comportarse como si el mundo solo existiera para su uso y disfrute,
que se caracterizan por una falta de amor hacia sus padres -o que
los quiere de un modo demasiado egocéntrico-. "Los problemas suelen
ser muy visibles en la preadolescencia, en el cambio de Primaria a
Secundaria de la mano del desarrollo psicológico y hormonal",
explica. Su mundo empieza a girar cada vez menos en torno a la
familia y cobra mayor importancia la vida fuera del hogar. "Estos
niños aprenden rápido que las conductas violentas les permiten
conseguir cosas que les importan mucho, como la hora de llegada, el
no hacer tareas en casa o dinero. Algunos de estos niños muestran
incluso antes de esos años conductas de desapego afectivo, falta de
aprendizaje de la experiencia y comportamiento violento o incluso
cruel", añade. "La importancia de la predisposición se ve en el
hecho de que muchos de estos padres tienen familias con dos o más
hermanos, y solo uno de ellos generalmente es el que presenta el
problema", argumenta.
Llegados al punto de no retorno, los
padres ya no pueden exigirle nada al hijo sin que este monte en
cólera. Gorka, de 18 años, reconoce ante el terapeuta que intentó
ahorcar a su madre con un cable porque estaba "harto" de recibir
órdenes.
- ¿Cuándo tuviste esos episodios
contra tu madre, tú te dabas cuenta de que te ibas a disparar?
- Sí.
- ¿Qué notabas?
- Nada, que me agobia. Intento ir
para un lado y no me deja; intento irme a mi habitación, cerrar mi
puerta y meterme en mi mundo con mi música [y mis porros] y se mete
en mi habitación. Abre la puerta y empieza a gritar y a rayarme. Me
siento agobiado. ¿Qué quieres que haga? Pues me cabreo. Intento
relajarme yo, solo en mi habitación, y me viene a agobiar más,
porque [mi madre] sigue con su cháchara, ¿sabes? Igual ha pasado
algo y me sigue diciendo movidas, de lo que ha pasado, que nos hemos
enfadado o algo.
- ¿Y por qué suelen ser esas
discusiones?
- Por tonterías.
- ¿Cosas del orden, de la limpieza?
- Sí, del orden, todo por tonterías,
o porque no quiero ir a clase.
- Eso es muy serio.
- Sí, pero ya soy mayor para saber lo
que quiero hacer y lo que no quiero hacer. Si no voy a clase, pues
bueno, es mi problema, ya está.
"La madre perdió la autoridad. Era
una mujer extranjera, separada. Y el padre no paraba de
descalificarla ante el joven. Y ella, al estar sola, colmaba sus
necesidades afectivas con su hijo", rememora la terapeuta que les
trató. Ocho meses después del tratamiento, la cosa había mejorado
bastante. "Aunque nunca está asegurado que no haya recaídas, a veces
solo baja la frecuencia de las discusiones. Trabajamos con ellos en
que aprendan a autoregularse, en romper el secreto y el aislamiento
con el resto del mundo. Se dio la circunstancia de que madre e hijo
encontraron pareja al mismo tiempo. Esto facilitó las cosas".
El mismo Gorka reconocía que solo era
violento en el ámbito familiar: "Yo no me pego con nadie nunca, ni
en la calle ni de fiesta. Si yo soy muy tranquilo, hasta que me
tocan las pelotas. Cuando me alteran me vuelvo loco".
- ¿Y solamente tu madre y tu hermano
te alteran, los que conviven contigo?
- Hombre pues es con los que
normalmente paso el tiempo.
- Pero en el colegio también se pasan
muchas horas, y con los amigos, ahora estarás mucho con los amigos
también.
- Sí, pero que no me alteran. Porque
si discutimos no me siguen comiendo la oreja ¿sabes?
Los especialistas resaltan que educar
supone constancia y perseverancia, que no hay atajos fáciles.
"También supone que los padres sean adultos y hay algunos que no lo
son. Hay que formarse para ser padre, no se puede esperar que la
respuesta venga de Papá Estado o de Supernanny", añade
Urra.
Garrido, por su parte, incide en que
tendrían que fortalecer el desarrollo moral de sus hijos, ser más
vigilantes en la elección de las normas, encontrar los incentivos
que permitan que el joven responda a los límites. La denuncia, añade
es necesaria cuando los padres no tienen capacidad para
reencauzarle. "Las familias no deben guardar esto en secreto. Para
ello, los profesionales y los poderes públicos deberían cambiar de
actitud y entender la desgracia que padecen, y no aumentarla
estigmatizándoles. Y los servicios de orientación en las escuelas y
los servicios sociales deberían prestar atención para intervenir lo
antes posible. La justicia juvenil debe ser la última medida".
Privilegiar un enfoque educativo
El 23 de julio pasado, el fiscal
general del Estado, Cándido Conde Pumpido, estampó su firma
en una circular dirigida a todos los ministerios públicos de
España con instrucciones sobre cómo actuar ante las
denuncias por hijos que maltratan a padres. En ella pide que
se diferencien claramente los casos en los que los padres
denuncian hechos delictivos -en general, agresiones a sus
familiares- de los casos en que los padres acuden a las
instituciones en busca de una autoridad que ya perdieron en
casa para instarles a ir al colegio o cumplir los horarios.
Indica para estos casos que los
fiscales provinciales y superiores deben disponer de toda la
información necesaria sobre programas preventivos, que
varias comunidades autónomas ya están desarrollando, para
lidiar con la agresividad de estos adolescentes. La fiscalía
defiende que primen las medidas educativas que no implican
recluir a los jóvenes. La libertad vigilada puede ser una
opción aconsejable si existe riesgo de más agresiones, si va
acompañada de algún tipo de terapia familiar, por ejemplo.
En caso de dictarse una medida de alejamiento, el ministerio
público defiende que se intente primero dejar al menor en
manos de otros familiares antes de enviarle a un recurso
público.
En Vizcaya, por ejemplo, la
Diputación ha creado un centro específico para estos casos,
así como un programa preventivo para jóvenes de entre 10 y
18 años. "Hay casos de 11 años, pero la mayoría tiene entre
16 y 18", explica Lola Menchaca, responsable de Mujer y
Familia en la Diputación. Ahora, quiere ampliar el
seguimiento hasta los 21 años. Eso, si el presupuesto les
deja.
Fuente
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