Pero los expertos vulcanólogos que
estudian al milímetro la evolución del volcán (aquí
se ve la gráfica de su actividad), apuntan a que esta situación
podría invertirse e, incluso, agravarse. Por un lado, un cambio en
la dirección del viento podría hacer que la nube de cenizas se
dirigiera hacia la hasta ahora intacta capital
Reikiavik.
Por otro, las propias autoridades
islandesas han apuntado la posibilidad de que la actividad volcánica
pudiera extenderse al "hermano pequeño" del Eyjafjalla, el
Katla, un volcán de tamaño menor y conectado con aquel a través
del subsuelo, pero potencialmente
más peligroso porque está rodeado de un glaciar cinco veces
más grande. "Si estalla, será una
verdadera tragedia. No se tratará de atrasos en los
aeropuertos: la isla entera se vería inundada, y podría producirse
un cambio climático de proporciones catastróficas", advirtió hace
unos días un responsable local de la Cruz Roja.
Un empujón para el turismo
El turismo en Islandia, que desde
hace años
explota al máximo las rasgos de su naturaleza indómita, su baja
densidad de población y la promesa de aventuras, como intuyó ya
hace mucho
Julio Verne, es uno de los sectores clave de su economía.
Olafur Grimmsson,
presidente del país, ha sido muy gráfico cuando ha declarado que "lo
que estamos presenciando es el despliegue de las fuerzas de la
naturaleza. Y se trata de un
espectáculo que no se puede ver en ningún otro lugar del
mundo".
Un espectáculo -y un fastidio y un
peligro- que aún no se sabe a ciencia cierta cuánto va a durar. Los
expertos apuntan a un cese
progresivo de la actividad del Eyjafjalla, aunque informan
que su última erupción, en 1821,
se prolongó más de un año.