Intervención de CCM
La intervención de Caja Castilla-La
Mancha se debe a una situación de insolvencia, pese a que el
ministro de Economía insiste en que responde a problemas de
liquidez.
El Observatorio de Coyuntura
Económica del Instituto Juan de Mariana (OCE) advierte de que el
rescate público de dicha entidad no sólo demuestra que
España no contaba con el sistema
financiero más sólido del mundo y que la supervisión del Banco de
España estaba lejos de ser tan ejemplar como se afirmaba,
sino que las propuestas de reforma del sistema financiero
internacional que se están barajando hasta la fecha -precisamente
por mirarse en el espejo de España- van en una pésima dirección.
El propio secretario del Tesoro de EEUU, Timothy Geithner, defendía
la semana pasada que la idea básica para reformar su sistema
financiero era colocar bajo un mayor control del Estado a todo lo
que se ha venido a llamar shadow
banking. Es decir, todas aquellas instituciones financieras
que realizaban funciones propias de los bancos, pero que no estaban
sometidas a una normativa asimilable, tales como bancos de
inversión, aseguradoras, fondos monetarios o conduits, entre otros.
Este mayor control debe basarse, de acuerdo con Geithner, en dos
elementos fundamentales: el primero la supervisión de todo el
shadow banking; la segunda,
obligarles a reforzar sus fondos propios a través de provisiones
relacionadas con el riesgo sistémico del mercado. Ambos puntos de la
reforma de Geithner, que inspirará la reunión del G-20, se
encuentran presentes en el sistema bancario español:
Primero, con Caja Castilla-La Mancha se demuestra que el problema de
las malas inversiones financieras no concierne específicamente al
shadow banking, sino que
también concierne directamente al
modelo tradicional de banca. Al fin y al cabo, Caja
Castilla-La Mancha ni quedaba fuera de la supervisión del Banco de
España ni incurrió en operaciones financieras que quedaran fuera de
balance, sino que los impagos que la han abocado a la quiebra han
sido fundamentalmente créditos a promotores y constructores.
Segundo, el modelo bancario español
ya cuenta con un sistema de provisiones obligatorias, dentro
de las cuales se contempla la provisión por riesgo sistémico. En
efecto, la banca española ha estado históricamente obligada a dotar
provisiones que desde 2004 se clasifican en dos tipos: la específica
por cada crédito y una genérica por el monto total de créditos.
Dentro de esta última, se contienen algunas características de la
antigua provisión estadística cuyo cometido, precisamente, era
incrementar las provisiones en la parte alta del ciclo (momento en
el que la morosidad es baja y por tanto las provisiones también).
Por consiguiente, el sistema
bancario español se está tambaleando pese a estar supervisado y pese
a que ya se obligaba a las entidades a dotar provisiones sistémicas.
Es un ejemplo claro de que la reforma planteada por Geithner de
atribuir toda la responsabilidad al shadow banking va en la mala
dirección. Y es que, si tanto el shadow banking estadounidense como
la banca tradicional española están en crisis, la causa de la misma
no puede buscarse en el desarrollo de nuevos instrumentos
financieros que quedaran fuera del ámbito del regulador; en caso
contrario, la quiebra de Caja Castilla-La Mancha nunca se habría
producido.
Como hemos venido defendiendo reiteradamente desde el Observatorio
de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana (OCE),
la crisis se debe al deterioro de
las posiciones de liquidez de todos los agentes económicos,
no sólo del shadow banking, sino de la banca tradicional, las
empresas o las familias. Un fenómeno que ha sido incentivado por la
política monetaria expansiva que implementaron los bancos centrales
de todo el mundo entre 2003 y 2006, y que consistió en unos tipos de
interés artificialmente bajos.
Ese deterioro de las posiciones de liquidez se llevó a cabo gracias
a que los agentes económicos, especialmente
los bancos, se endeudaron a corto
plazo para prestar grandes cantidades de dinero a largo plazo,
con la garantía de que el banco central refinanciaría a vencimiento
y de manera permanente su deuda a corto plazo. De esta manera, los
bancos privados pudieron extender el crédito en la economía a tipos
de interés artificialmente bajos: se iniciaron múltiples procesos de
inversión que no estaban respaldados por ahorro real, sino por los
activos circulantes de familias y empresas (depósitos a la vista e
inversiones financieras a corto plazo).
Mientras el crédito seguía afluyendo a ciertos sectores -como el de
la vivienda- el activo de los bancos no dejaba de revalorizarse,
elevando los beneficios de las entidades y facilitando la
refinanciación de su deuda a corto. Pero en la medida en que los
precios de los activos de la banca eran artificialmente altos por
basarse en una expansión del crédito insostenible, cuando el proceso
se revertió comenzaron primero los problemas de liquidez y, a partir
de ahí, los de solvencia.
Por consiguiente, la reforma no debe pasar por permitir que este
esquema de funcionamiento del sistema financiero siga su curso, pero
supervisado por las autoridades, sino en limitarlo tanto como sea
posible. Y esto significa, por un lado, impedir que los bancos
centrales puedan expandir el crédito de manera discrecional
(regresando a algún patrón monetario que les imponga una disciplina
automática) y, por otro, que las entidades que acometan la
estrategia financiera temeraria de endeudarse a corto plazo para
invertir a largo puedan acogerse a limitaciones de la
responsabilidad que encubran su gestión irresponsable.
Por último, sería erróneo pensar que el problema de la regulación
del sistema financiero español era que no resultaba suficientemente
intervensionista. Esto es, que iba en la dirección adecuada, pero no
con suficiente intensidad y que, por tanto, hay que otorgar aún
mayores poderes al supervisor y obligar a los bancos a dotar mayores
provisiones que en España.
Lo cierto es que el ciclo económico (expansión-crisis) se genera por
los motivos arriba apuntados, pero es imposible conocer los sectores
económicos concretos en los que se va a manifestar. Ahora ha sido
especialmente el sector inmobiliario, pero a finales de los 90 fue
la burbuja que experimentaron las empresas tecnológicas. Cada ciclo
tiene su propia dinámica y nadie, ni siquiera el regulador, tiene la
información suficiente para prever el futuro. Sólo hace faltar
observar que en el sistema de provisiones español el riesgo
hipotecario tenía un tratamiento favorable tanto en la antigua
provisión estadística como en la provisión específica, pese a ser el
sector epicentro de la crisis. Por tanto, los reguladores son
igualmente ciegos a la hora de anticipar toda la magnitud de los
ciclos económicos y es ilusorio pensar que una presencia
incrementada por su parte contribuirá a ponerles fin pese a no
eliminar de raíz su causa última.
El Banco de España toma el control de
Caja Castilla-La Mancha
Sacan ahorros de la Caja Castilla-La
Mancha
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